4.3.17

La vie tranquille

Estoy en la esquina de Corrientes y Callao, esperando que corte el semáforo para cruzar Corrientes y caminar por Callao hasta el Congreso para tomar el subte A.
Levanto la cabeza y descubro el cielo. Desde que volví de Bolivia hago cosas que antes no hacía, como mirar el cielo de Buenos Aires. Está limpio, ni una nube. Los pisos más altos de los edificios reciben luz del sol, amarilla. Me hace sentir bien.
Veo una cortina blanca volándose de una ventana del Bauen. No puedo parar de mirarla. En cualquier momento se desprende. Deseo que eso pase antes de que corte el semáforo. Es tan Nouvelle Vague, pienso. 
Miro a un señor al lado mío, tengo ganas de decirle algo sobre la cortina, pero no me registra. Avanza un paso, una moto le pasa rozando. Detrás del hombre se asoma una cabellera que me resulta conocida. Me muevo un pasito para atrás. Es Fabrizzio. Siento entre los dedos de mi mano izquierda los rulos de Fabrizzio pasando como agua.
Es Fabrizzio.
Con una chica.

Me costó un mes olvidarme de Fabrizzio. De su piano, de sus discos, de sus libros, de la reconstrucción del cuadro de la Última cena que hicimos cuando dijo que le quedaba la última seda y nos imaginamos a Jesús entre medio de los apóstoles rolando un pucho con tristeza.

La noche que lo conocí (¿por qué siempre conozco hombres de noche?), éramos cuatro personas, tres amigos y yo discutiendo sobre la existencia del amor. Fabrizzio y yo decíamos que el amor no existe, que es una construcción del hombre y que, además, eso que llamamos amor no es más que un conjunto de sentimientos y acciones directa o indirectamente egoístas destinadas a que el otro te acepte o haga algo que vos querés. 
Su amigo, Nahuel, negaba rotundamente esta teoría y usaba a Johnny Cash como ejemplo. La esperó toda la vida, decía, hablando de June, y vos tenés que ver en el documental cómo se miran, eso es amor. Fabrizzio iba y venía de la conversación, no soportaba que la gente se aleje del racionalismo. Yo me quedé, defendiendo mi postura hasta el final, alegando que lo que se ve en la pantalla también es una construcción, y que ver un rato de dos personas mirándose a  los ojos con dulzura no es ver toda la vida de dos personas, ni mucho menos lo que sienten.
Nahuel me agarró la mano izquierda.
Abrí los dedos, me dijo.
Juntó su palma con la mía, haciendo coincidir los dedos. El amor es esto, me dijo.
Entrelazó sus dedos con los míos.
Esto no, dijo. Esto es llenar vacíos mutuos.

Volvió Fabrizzio a la ronda. Traía tabaco, filtros y la última seda. El chiste sobre eso hizo que termináramos durmiendo juntos.
Cuando me desperté en su casa, vi que en la mesa de luz había una pila de tres libros, de abajo para arriba, uno de Borges y dos de Marguerite Duras, La vie tranquille era el de arriba de todo. Al lado de los libros estaba el DNI. Lo agarré. Fabrizzio Cannistracci. Así se llama, me tengo que acordar, pensé. Nos levantamos, se armó un pucho, me preguntó mi nombre, le pregunté el suyo, me había olvidado. Nos reímos de eso. Fabrizzio hablaba, yo lo miraba. No era lindo, pero no podía parar de mirarlo como a la cortina del Bauen.
Qué pasa, me dijo.
Pestañé.
Nada, dije, moviendo un poco la cabeza para que se me moviera el pelo y ser más linda.
Sonrió.
Voy al baño, le dije.
En el baño había dos cepillos de dientes.

Con quién vivís, le pregunto.
Solo, dice.
Ah.
¿Dormimos otro rato?.

Antes de irme fui de vuelta al baño. Los cepillos de dientes me molestaban. Por qué tiene dos si vive sólo. Corro la cortina de la ducha, un sólo envase de shampoo.
Vive solo, me convenzo.
Antes de irme, me preguntó de vuelta cómo me llamaba.
Bueno, me das tu teléfono, pregunta.
Bueno.

Estaba lloviendo pero yo quería estar en mi casa, bañarme, dormir. Y sacar la remera manchada con vino que tenía guardada en la cartera desde la noche anterior, y que saqué una semana después.

Esa noche me escribió: Tengo que decirte algo, estoy saliendo con alguien. Los problemas vienen solos como para andar buscándolos. Pero vos sos muy linda e inteligente no vas a tener problemas en encontrar alguien pronto.

Lo primero que pensé fue que yo ya lo sabía.
Lo segundo que pensé fue lo extraño que era que una mujer no usara crema de enjuague.
Tardé un mes o un viaje en olvidarme de Fabrizzio.

Fabrizzio y la chica están esperando, como yo, que corte el semáforo de Corrientes y Callao. No se hablan. Ella tiene pelo negro, lacio, mucho y larguísimo. No le veo la cara. Tiene La vie tranquille en la mano izquierda.

¿Cómo puede ser que con ese palo no use crema de enjuague?


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