7.10.09

De ancianos y gorriones

No recuerdo detalladamente porque con el tiempo se tornó uno más de esos recuerdos que, cuando vuelven, tornasolan el día.
Hoy (vaya uno a saber por qué), no me lo puedo sacar de encima, entonces lo escribo:
Venía yo caminando sola por la calle, con la resolana de un domingo a las dos de la tarde que me recorría nuca y espalda. No veía bien, hacía mucho calor. Las figuras ondeaban pero igual tenía la vista nublada, y los oídos tapados. Entre medio del sopor vi una persona sentada en la entrada de una casa. Como inevitablemente pasaría por ahí, venía preparando mi cabeza para moverla un poco y decir un ''...nas tardes''. Pero cuando pasé la vista se me desvió, como imantada y, sin querer, lo miré a los ojos.
Era un anciano, de esos que ya no tienen edad. Porque perdieron la cuenta u olvidaron si fecha de nacimiento. Estaba tan cansado, el pobre, tan obsoleto que paré y le pregunté si tenía hora, aunque fuera para hablar de algo. Me dijo que no, que a él hacía mucho que hasta los números lo habían olvidado. Esbocé una sonrisa débil (con semejante respuesta fue lo único que pude hacer) y me senté a su lado. Le pregunté qué hacía ahí sentado, con todo el calor, pudiendo estar más fresco adentro.
-Bah, yo no sufro más, nena- me dijo.- Estoy esperando-.
Con esa frase y con los tiempos que corren como corren hoy, se me ocurrió que tendría un ataque de demencia senil o una simple ''perdida'' como suelen tener los abuelos sin fecha.
Pero no. Corroboré lo lúcido que estaba cuando le pregunté a quién o a qué esperaba.
- ¿A vos qué te parece que puede estar esperando un viejo como yo sentado solo?- me respondió.
Bajé la vista y vi (y el viejo también vio) que se me erizaban los pelitos de los brazos.
-¿Sos vos?- me preguntó.
-No, no soy yo-le dije. -¿Cómo sabe que está por venir?- pregunté.
- Ya te vas a dar cuenta- dijo al aire tras un silencio.- Llega un momento en que no sos más que un un gorrión de esos que caen del nido antes de aprender a volar, y vagan invisibles entre humanos, perros y gatos, o bien se quedan quietitos en un lugar hasta que el sol se los lleva consigo, o por alguna razón simplemente desaparecen. Y no es que no tengan ganas de volar. No señor. Es más, muchas veces incluso aletean, como queriendo elevarse. Pero su espina dorsal no soporta tanto peso, aunque sean unos pocos gramos-.
Subí nuevamente la vista. Su espina estaba ya como la del gorrión, desvencijada, como queriendo enrollarse y ser caracol. El anciano me miraba por el par de huecos diminutos que dejaban las arrugas y el pelo largo. Huecos celestes que parecían no tener final. Lo miré un rato y me empezó a parecer transparente.
Al cabo de unos minutos cerró los ojos y mientras pasaba su mano rítmicamente por el trayecto que va desde el muslo a la rótula, dijo -Bueno, ya está-. Y fue desapareciendo entre volutas de humo, al igual que el resto de las cosas del lugar, y luego el lugar. Me miré, pero yo no desaparecía. Quedé flotando unos minutos en una realidad blanca que existía y a la vez no. Después me di cuenta de que mis ojos, que creía abiertos, no estaban abiertos. Los abrí despacio y me encontré sentada al pie del árbol donde había caído un rato antes.