28.9.09

Crónica de una caminata nocturna

La noche de un tiempo remoto, el alma de Amelia le pidió a su cuerpo que la llevara a vagar sin rumbo por los confines de las banquinas de la ruta. Necesitaba con fuerzas viscerales abandonar el lugar (aunque fuera por un rato, aunque fuera para siempre). Necesitaba moverse de su sitio, tanto tiempo los pies sobre la tierra acabarían por echar raíces y acostumbrarse al acostumbramiento.
Fue así que Amelia, alma y cuerpo caminaron por la costa de la ruta con la sola compañía de la luz de la luna y algún que otro motor bizarro que pasaba por su derecha, ciego, sobre el carril de asfalto sobrio y distante.
La luna iluminaba flores, árboles, objetos olvidados, a la tierra y a Amelia, que jugaba a buscar sombras extrañas que se dibujaran con la luz limpia y blanca. Así, medio bailando, medio volando pero siempre escapando del eterno tango citadino, y con los pies bien despegados del suelo, fue que se encontró con otro ser vagabundo. Andaba en sentido opuesto, buscando el mismo tesoro intangible de la libertad nocturna. Se miraron, se observaron y se contaron de dónde venían, de qué escapaban.
Amelia venía de un barrio rodeado de humanos, que sólo era la pequeña parte de una gran ciudad plagada de más humanos. Mucho no tuvo que explicar de su exilio voluntario.
El alma viajera, la otra, escapaba de la muerte lamentable en el encierro de la civilización. Cada noche encontraba en su camino lugares ideales, más o menos acogedores pero lugares al fin.
Los viajeros, escapando de la deriva en la que naufragaban los que dormían entonces, recorrieron sin rumbo ni ritmo el sendero marginal que se destina al noctámbulo inquieto.
Y mientras charlaban de coincidencias y diferencias, de la conciencia y la indiferencia, vieron que un aura leve se elevaba en la línea que divide cielo de tierra. Fue hora, entonces, de emprender el camino de regreso y con él, de volver a la vida normal, que ya no volvería a ser normal porque sus vidas habían confluído al fin y ahora existían dos almas más curiosas aún que antes.

2 comentarios:

Elfoquemira dijo...

Cuántos cuerpos es un cuerpo si se escinde entre lo oscuro y lo claro.
Qué lindo que a lo claro se unen, y a lo oscuro se subdividen, eso los hace más cuerpos que cuerpos había, o sea, muchos, muchos, muchos. Pululan cada vez más, más y menos, pues mueren cuando muere el otro, son cuerpos conexos que no viven sin el otro pero que hacen de las suyas para olvidarse entre sí cuando lo oscuro toma posesión.

¿Serás Amelia algún día para una cámara?

Jose dijo...

Será lo que deba ser, y sino no será nada...qué te parece?