22.2.14

Cuidado con lo que soñás

José se despertó por un golpe.
Alguien lo golpeó en la nariz, se le taparon los oídos pero no dolió ni sangró. Vió las manos que lo golpearon, no pudo distinguir la cara. Pero en la casa de José no hay nadie. Nadie lo golpeó. Piensa que es muy raro, que debe haber soñado con eso. Intenta volver a dormir pero el corazón late muy rápido. Decide recordar qué estaba soñando, que le provocaba placer. Recuerda: estaba soñando que veía a una chica y un chico bailando en un escenario, y luego se sumaba una pareja, vestidos de negro. Era una danza linda. Se acuerda de la música también. Otra vez el golpe en la nariz, y los oídos tapados. Se tapa con la sábana hasta la cabeza, retoma el recuerdo desde donde lo dejó: cuatro chicos, dos chicas y dos chicos, bailando en el escenario... Golpe. Sangra. José debe dejar de pensar en ese sueño, en esos chicos y en esa danza.
Ahora yo también sangro.

1.2.14

El abrazo

El abrazo es un hecho comprometedor. Lo es más, mucho más, que mirar a los ojos. Porque en el abrazo los corazones están lo más cerca físicamente posible, porque se siente el latido del otro corazón en el pecho propio y así, los abrazados, pueden saber qué sienten, cómo y cuánto.
En el abrazo, se encuentran los que comparten el motivo del mismo, y así los sentimientos se suman. Por eso el abrazo (el legítimo) se siente fuerte, con furia, con pasión o con tristeza extremos.
Nadie que abrace puede ser hipócrita, al menos no luego del abrazo. Si eso sucede, si después de compartir los latidos, el llanto, la risa, las respiraciones... Un hombre sigue siendo hipócrita, estamos realmente perdidos.