2.8.17

El beneficio del duelo

Hace dos días que mis tareas cotidianas se ven interferidas por un pensamiento recurrente que se presenta en forma de frase: ''qué cobarde me resulta la gente que elige olvidar''. 
La repetí en varias ocasiones, como quien tararea una canción pegadiza e insoportable, como todas las canciones pegadizas. Hasta que quedó, se ve que latente, en algún estante de mi mente.

Vivo de duelo, fue lo primero que pensé al darme cuenta que me sentía mal por haber terminado de trabajar.
Hoy fue, es, mi primer día libre luego de cinco semanas y, como siempre, el tiempo libre es un vacío para mí. Empiezan a asaltarme todo tipo de pensamientos introspectivos y, cuando menos quiero acordar, estoy en un bar escribiendo.

Vivo de duelo, pensé en Plaza de Mayo. Y luego, como en una sesión de autopsicología, me pregunté qué es el duelo. Debe ser el anhelo de algo que no está. Y el anhelo entraña recuerdo. 
Pero, y si eso que anhelo, vuelve, ¿Será que me conformo?.
No, Jose, no te conformás. Con nada. Nunca.

Es cierto, me digo, en el recuerdo todo es mejor. Si vivo de duelo es porque algún beneficio encuentro en eso, me digo, evocando a mi psicólogo que siempre recalca que uno elige hacerse mierda porque alguito ALGUITO de satisfacción encuentra en ese lugar.
Si vivo de duelo debe ser porque encuentro algún beneficio, me repito, como si la respuesta no estuviera ahí y tuviera que seguir buscando para enterarme.
Pero la respuesta me viene como un vómito, y camino buscando un bar, como quien corre buscando un baño donde depositar lo que comió hace un rato.

Pero no puede ser cualquier bar, y aquí es cuando empieza a responderse sola la cuestión del beneficio del duelo. Tiene que ser uno en el que me den ganas de entrar, cuanto más viejo mejor, y que no haya mucha gente. En lo posible con wifi.

Voy pasando el Obelisco y me duelen los pies por estos borcegos nuevos de mierda, que me costaron un huevo, y que por el sólo hecho del precio exorbitante y prometedor de eternidad, no me resigno a dejar olvidados adentro de una caja. 
Perseverante lindando con caprichosa, sigo caminando, buscando MI bar, e imaginando la sangre que me corre por los talones a causa de la fricción talón-cuero durante diez cuadras. Pensando en paralelo qué mierda que soy con mí misma, que siempre pongo la hostilidad antes que el pijamas y una película en Netflix. Y también pensando que si sigo caminando el microcentro en esa nebulosa, soy el blanco perfecto para que los cacos se apropien de la computadora y la guita que tengo en la mochila. 
Vuelvo a mi mundo.

Prefiero lo viejo siempre, lo que tiene historia. La gente, la ropa, los lugares, lo que se puede descubrir. Lo que tiene capas de polvo, de telaraña y de historias.
Cómo se sufre, la puta, anhelando siempre lo que ya pasó. Pero qué bello puede ser todo en el recuerdo. Uno lo acomoda como quiere, y puede volver, al menos, grato el momento más horrendo de la vida. Qué manipuladora soy, pienso. Qué mundo paralelo me he creado, y qué lindo se está acá. Iba a decir ‘’acá adentro’’, pero lo siento más como si fuera ‘’acá afuera’’.

Cómo me gusta escarbar. En serio. Siempre escarbo todo: las etiquetas de las botellas, mi piel, la gente.
Siempre me gustó descubrir lo de adentro, lo que no se ve, lo que entraña pasado, el resultado de la historia. Será por eso que las mejores tardes de mi infancia las pasé haciendo pozos con una palita de jardín en el patio de la casa de mis abuelos, desenterrando venecitas de colores, jugando a que eran piedras preciosas; será por algo de esto, también que no me decidía entre el cine y la genética, será por eso que a los 13 años, cuando ya me había escarbado toda la piel y llenado la almohada de sangre, decidí rasquetear un poco más fuerte y averiguar quién era mi padre. 
Necesito saber SIEMPRE qué hay detrás, y cuando lo descubro, se termina la película. He aquí el duelo. Un descubrimiento que llega a su fin. 
Las venecitas, las películas, el mapa genético, la carne viva.

Será por todo esto, también, que me resulta insoportablemente cobarde la gente que intenta olvidar, que no tiene fotos o, peor aún, que las tira, las quema, las elimina.

El olvido es negación y, además de molestarme mucho que me digan que no, me molesta mucho la gente negadora. Como si pudiera uno elegir qué cosas olvidarse, como si se pudiera tener control sobre la memoria.
Cuando menos uno quiere acordar, lo que está pasándole ahora, se ha convertido en recuerdo. PARA SIEMPRE. Una foto es un souvenir al lado del recuerdo real, que, a veces, ni siquiera es una imagen en concreto.

Me viene a la mente eso que decía Fellini de que ‘’el cine soy yo’’. Y claro, un tipo que escribía sobre recuerdos, con un modo de escritura que es un recuerdo en sí mismo, no puede decir otra cosa. Jamás veía los campiones ni iba al cine a ver películas propias ni de terceros. Y CLARO, el tipo era cineasta, pero principalmente era un recordador. Y lo primero que sabe un recordador nato, es que los recuerdos son intransferibles.

Finalmente encuentro mi bar. Me pido una cerveza y me pongo a escribir.

En realidad me pedí un exprimido de naranja, y lo que escribí, no se parece ni un poquito a lo que pensé en el periplo Plaza de Mayo-este bar.

VOLVERÉ.


31.7.17

Los astronautas

Mi papá y yo somos astronautas. Desde que tengo memoria, tenemos misiones en distintos planetas. Él siempre en el mismo, yo siempre en distintos. Nos acostumbramos a estar en el espacio.
A lo que no podemos acostumbrarnos es al reencuentro después de cada misión. Reencontrarnos siempre conlleva un reconocimiento para el cual tenemos que escarbar uno en las arrugas, cada vez más profundas, del otro hasta encontrar lo que nos une.
Así somos los astronautas.

22.6.17

Morirse en invierno no es en vano

Me desperté habiendo soñado con El campo.
El campo para mí siempre fue otro lugar que donde yo vivía. Crecí en el campo, pero El campo era a donde iba los fines de semana a jugar con Ceci, a tomar vascolet, a juntar huevos de las ponedoras, a nadar en el tanque de agua hasta que los dedos de los pies nos sangraban.
Soñé con El campo, pero más que nada con la casa. Con el olor de la casa. Era tan claro.
Soñé con la casa, pero con mis lugares preferidos de la casa: el altillo y el baño de Silvia y José. En mi sueño toda la casa era el altillo. Toda la casa estaba enquilombada como el altillo: desde una cama cuyo cubrecamas era una bolsa de dormir, cajas, paquetes de arroz, libros, muchos libros. El olor a Parliament.
En esa casa yo buscaba el baño de Silvia y José pero no lo encontraba. Abría puertas pero sólo había más cajas y más libros. Deseaba verlo azul e iluminado con la luz de la mañana. Lo que más me gustaba de ese baño era la luz que entraba por el ventiluz. Eso y que tenía bañadera. Me gustaba cuando me dejaban bañarme ahí.
En el sueño la casa estaba vacía, porque José ya no estaba y porque Silvia, que en el sueño seguía viviendo ahí, había tenido que salir a hacer trámites.
En la casa estábamos mi mamá, dos amigas (o tal vez mis primas) y yo. Pero también estaba José. Yo sabía que estaba.
Mi mamá buscaba una nota que estaba segura que él le había dejado antes de morirse. Y yo me maravillaba al ver la cantidad de paquetes de arroz que había en la casa.

Me desperté extrañando El campo. Mi infancia, el vascolet, jugar con Ceci, el baño con bañadera, los azulejos azul oscuro. El olor del campo y los Parliament.

Miré la fecha en la computadora y me dí cuenta que dentro de dos días se cumple un año del día en que José decidió morirse y yo escribí cosas muy parecidas a ésta y decidí borrarlas. Evidentemente no se puede borrar más que la tinta.
En aquel momento se reiteraba en mi cabeza una conversación que tuve con José cuando yo tenía ocho años:
En El campo finalmente habían prescindido de la salamandra como único artefacto de calefacción, y habían hecho un hogar a leña. Yo estaba sentada en el escalón de tronco que dividía la cocina del living, exactamente al lado del hogar, mirando el fuego. José se acercó, se quedó parado al lado mío y nos quedamos los dos mirando el fuego en silencio. Al rato me dijo ''¿viste que hace formas?, por eso me encanta mirarlo''.
Esa fue la primera vez que un adulto me habló de igual a igual. Me sentí importante.

Años después, tanto las formas del fuego como las de nuestras vidas se fueron desdibujando y tomando otras, y todo lo que había en El campo se dispersó.
Hace casi un año, sin hogar a leña y lejos del campo, José decidió morirse.
Hoy, cuando me desperté me dí cuenta que para alguien que ama el fuego y está lejos de él, morirse en invierno no es en vano.

140 caracteres, 10 segundos, 24 horas

YO HACE UN TIEMPO:
Hace unos años se viene alimentando en mí un miedo a la vorágine de la vida cotidiana. Un miedo a que todo sea tan veloz que no lo veamos, siquiera, pasar. Por eso quiero dejar escrito, para la posteridad, para poder acordarme, para que mis hijos y nietos sepan, que hubo un momento en que el amor existió, y la gente se comportaba de otra manera.
Cómo soy enamorada:
Me duele el cuerpo, me pesa. Los hombros, las clavículas, las axilas, me pesan.
No tengo hambre
Ni sueño.
Todo es hermoso, incluso el olor del palo santo que siempre odié.
El amor me pesa. Me hace una persona lenta y densa como el caramelo.
A mí, que soy tan racional, esto me vuelve loca. Descubro en el amor un abismo, y me lanzo. Cada vez dudo más, pero me lanzo igual.

YO HOY:
En la época de los 140 caracteres, las storys de 10 segundos y 24 horas, cuánto puede durar el amor? Cómo se mide el amor en la época en que todo tiene una medida de peso, de volumen y un precio?
Es amor o es la sorpresa de que alguien me trate bien sin esperar nada a cambio?
En algún momento va a dejar de abrirse un vacío en el pecho cuando veo a la gente irse? Me puedo acostumbrar a eso?
Tan rara soy, que aún hoy, en la época de los 140 caracteres, los 10 segundos y las 24 horas, sigo buscando que algo sea para siempre?

10.6.17

El germen

Deleuze habla sobre la imagen-recuerdo, la imagen-cristal y el germen que está siempre en estas imágenes, que nos remite a algo conocido, a un pasado que, por ser remitido, se vuelve presente. Entonces en el presente se encuentra el germen del pasado y, claro, el del futuro.
No sé qué fue que operó en mí. Habrá sido algo que vi, escuché, olí, que sentí la necesidad de estar en el Banco Provincia de mi pueblo, sintiendo el olor del lugar, pero no el olor de ahora sino el olor que había cuando era chiquita, y no sabía nada del dinero. Me gustaba ir al banco porque había sillones de cuero, y me gustaba acompañaba a mi abuela a hacer ''los mandados''.
Cuando salíamos de ahí comprábamos pan en la panadería, siempre caliente, con la cáscara dura, lleno de miga adentro.
Como premio por portarme bien, mi abuela me compraba unos conitos de chocolate amargo envueltos en papel rosa metalizado. Lo que más me gustaba de esos conitos era el papel: Lo sacaba con cuidado para no romperlo y, mientras me comía el conito como si fuera un trámite (porque sinceramente, el chocolate amargo no me gustaba tanto, pero los conitos de chocolate con leche venían con papel plateado y a mí me gustaba el rosa), lo estiraba.
Era una tira irregular, nunca era una figura geométrica perfecta. Eso me molestaba un poco, así que le doblaba las puntas hasta que quedaba un rectángulo o un cuadrado. Quería, siempre, que el rosa metalizado pudiera seguir existiendo más allá de ese papel. Yo quería SER rosa metalizado.
Pero después de un rato de plancharlo con los dedos llenos de chocolate y babas, el papel se terminaba rompiendo, entonces lo hacía bolita. Me imaginaba que era una piedra preciosa, lo abollaba hasta que el rosa metalizado se empezaba a ir, y comenzaba a verse el blanco del papel.

Pero lo que más me gustaba, porque sucedía todos los días aunque yo estuviera en el jardín, era que alrededor de las diez de la mañana, gracias a que mi abuela plumereaba y pasaba Blem, por la ventana del comedor, entraban dos rayos de luz que se proyectaban en el polvillo que volaba en el aire. En ese momento yo era un super héroe, y esos rayos eran mi visión de rayos x. Podía ver a través de la gente y de las cosas.
Después soplaba los rayos para ver cómo se movían las partículas que estaban en el aire, deseando que en algún momento el aire se limpiara y no hubiera más partículas.
Tengo el recuerdo de haberlo logrado una sola vez, aunque sé que es imposible.
Después iba hasta la bolsa del pan y me comía la miga de algún felipe. Todo esto sucedía cuando me dejaban faltar al jardín.

3.5.17

Me ausenté de mí misma

Hoy tuve una ausencia muy larga y desesperante. Jamás me había pasado algo así.
Iba en el 140. Otra vez el 140 y las cosas que pienso cuando voy ahí adentro.
Durante, creo, quince minutos, no supe dónde estaba.
No me daba cuenta si estaba cerca o lejos de casa. Temí haberme pasado y me bajé.  Caminé unos metros. Estaba lejos pero no me había pasado.
Estaba donde hace siete años, dos motoqueros, me robaron todo lo que llevaba encima dejándome desposeída, con diecisiete años y una familia a cien kilómetros, por unas horas.
Recordé esa sensación y, aunque las posibilidades eran prácticamente nulas, me dió miedo de que volviera a pasar. Llevaba, en aquel entonces, el mismo tipo de cosas que llevaba hoy en la mochila. 
Caminé rápido, deseando que pasara pronto otro 140. Pero no pasó. Tiene por costumbre arrebatarme sensaciones y dejarme en la calle, como los motoqueros.
Me enojé conmigo, mucho, por haberme perdido como una novata.
Tensé la espalda, los hombros, los muslos, cerré los puños, mintiéndome a mí misma con que si aparecían para robarme otra vez, les encajaba una piña a cada uno.

Vino un 109. Una vez ahí adentro, la mitad del tiempo que tardó en llegar a la parada donde me bajé, me odié y la otra mitad, traté de entender por qué había perdido a tal punto la noción del espacio.

En casa me dí cuenta que:
-Hace mucho que no lloro. No me sale.
-Cada vez me cuesta más que la gente confíe en mí.
-No me gusta la gente que le teme al amor, y me rodeo de ella. Esta gente es la que no confía en mí. Y creo que tampoco confía en sí misma.

Tal vez estoy harta de no poder escaparme de mí misma. Por eso me perdí.

10.4.17

Quedarse es tan triste como irse

Intento leer La Audiovisón, de Michel Chion, pero hay algo que me molesta en el pecho.
Sé qué es, pero es tan grande que no encuentro palabras.

Estoy confundida y triste. Camino por la calle mirando al piso y veo papelitos que piden ''aumento salarial YA''. Y pienso, no es el salario lo que los/nos/me mueve. Es la necesidad de sentirse útil. De que alguien te haga notar que tu existencia y tu trabajo son necesarios. El aumento salarial viene con eso.

Levanto la vista de los papelitos. Ya sé qué es lo del pecho. Es la angustia que me genera que se me presenten todo el tiempo las ganas de irme.
Lo pienso mientras hago pis, mientras almuerzo, cuando voy al banco, mientras miro la bola de pelos que pasa de un extremo a otro del vagón del subte vacío cuando vuelvo de trabajar doce, quince, veinte horas.

Quedarse es tan triste como irse, me digo. Después pienso en lo que dije, porque me parece que lo dije por decir. Pero no, es cierto. Quedarse es tan triste como irse. Todas las veces que he estado en otros países, no hago otra cosa que pensar en Argentina. No me siento bien estando lejos, me siento en falta.

Sí, quedarse es tan triste como irse, me convenzo. Eso es una parte de una canción, de qué canción era. Espero que no sea de Calamaro, por Dios. Ah, no, es de La Bersuit. Bué.

¿Por qué no me puedo concentrar? La Audiovisión es mucho menos angustiante que estudiar a Peter Schumann.

Quedarse es tan triste como irse. ¿Por qué no puedo parar de pensar en eso? ¿Ni en ninguna otra cosa? Me duele pensar. Y me duele darme cuenta.

Darse cuenta es doloroso.
Te das cuenta de que te mienten, que algunos de los que te mienten no saben que te mienten, y otros sí saben. Y no les importa.
Y no les importa que sepas, porque su poder está legitimado por los que les creen, y vos, simple cosita con vida, no vas a deslegitimar a ninguno de ellos.

Y ahí te duele un poco más, porque estás ahí, compartiendo el oxígeno con un montón de gente ingenua.

Y te da bronca, porque ahora tenés que vivir con la molestia de saber que la verdad es otra aunque no sepas cuál, porque al igual que la mentira, cambia todo el tiempo.
Qué bien se estaba creyendo en Papá Noel, ¿no?. Podía esperar siempre lo mejor, y si no llegaba, era culpa de un viejo gordo con el cual los padres no tenían nada que ver.

Y te da un poco de envidia, porque el que vive engañado vive cómodo.
Andá a decirles que la utopía es un arma del poder para manipular a las masas. Probá. Loco subversivo.

Pero también, y aunque muy muy a veces, te da felicidad. Porque cuando encontrás alguien que también se dio cuenta que estaban queriendo mentirle, te sentís en casa.
Es difícil, pero la felicidad de encontrarte con esa gente es intransferible.

Por eso creo que quedarse es tan triste como irse, pero estando lejos va a ser más dificil sentirse en casa.

¿Cuántas veces somos capaces de cometer los mismos errores?

6.3.17

El día después

Cuando cogés con alguien y te acordás de otro, te das cuenta a quién no vas a poder sacarte nunca del cuerpo.
Se llama Agus. Agustín. Pero sus amigos y yo le decimos Agus.
Lo conocí en una fiesta, en su casa. Fui con Flor.
Tocamos timbre. Nos abrió él. Un metro noventa, ciento cuarenta kilos. No nos saludó.
Qué mala onda este chabón, ¿no?
Es tímido, boluda.

Abrimos el vino que llevamos nosotras. Nos tomamos nuestro vino y otro más. Apareció un porro que fumamos entre cuatro, con un colombiano y un brasileño que estaban ahí. El brasileño era músico.
Acordáte que los músicos son hijos de puta, Flor. Son forros. Y están locos.
Vos dejáme que yo lo manejo.
No hagás boludeces.
Sonaba Dance yourself clean de LSD Soundsystem.

Yo me quedé hablando con el colombiano. No era lindo, pero tenía linda sonrisa. Además los dientes blancos con ese color de piel contrastan genial.

Che boluda, Flor! ¿Vamos a tomar un whisky?
Flor lo agarra al brasileño de la mano y me hacen señas de que van a la cocina. Los seguimos con el colombiano.
En la cocina había whisky nacional.
Qué garcha esto, por Dios. ¿No hay Jacks Daniel's? ¿Jameson? ¿Johnnie?
El colombiano me dice que le pregunte a Agus, que es el dueño de casa.
Lo busco con la vista, lo veo allá lejos. Medio encorvado, es tan alto. apoyado de costado contra una pared. Me acerco.
A los gritos.
Che! ¿Tenés whisky que no sea nacional?. Me parecía demasiado pedirle importado, por eso ''no nacional''.
Me mira, sonríe. Hace que sí con la cabeza.
Seguíme, dice.
Lo seguí.
Atravesamos la fiesta, la gente, un pasillo oscuro.
Abrió una puerta, entramos.
Cerró la puerta con llave.
Lo último que vi fue su sonrisa.
Ahí quedamos su metro noventa, sus ciento cuarenta kilos y yo.

Me dio vuelta y me tiró en la cama. Me dieron ganas de vomitar.
Pará, pará, me siento mal.
Agus sonreía, yo no le veía la cara, pero sé que sonreía.
Me sacó la bombacha y se la puso de pulserita.
Ponéte un forro aunque sea.
Ya fue. Voy a poner música así te relajás.
Puso Love me tender.

Después se durmió, su metro noventa, sus ciento cuarenta kilos y yo abajo de eso. Me costaba respirar.
Le saqué la bombacha que tenía de pulserita, el vestido me lo había dejado puesto, busqué la llave y me fui.

Mientras esperaba el 140 pensé que iba a tener que tomar la pastilla del día después.

4.3.17

La vie tranquille

Estoy en la esquina de Corrientes y Callao, esperando que corte el semáforo para cruzar Corrientes y caminar por Callao hasta el Congreso para tomar el subte A.
Levanto la cabeza y descubro el cielo. Desde que volví de Bolivia hago cosas que antes no hacía, como mirar el cielo de Buenos Aires. Está limpio, ni una nube. Los pisos más altos de los edificios reciben luz del sol, amarilla. Me hace sentir bien.
Veo una cortina blanca volándose de una ventana del Bauen. No puedo parar de mirarla. En cualquier momento se desprende. Deseo que eso pase antes de que corte el semáforo. Es tan Nouvelle Vague, pienso. 
Miro a un señor al lado mío, tengo ganas de decirle algo sobre la cortina, pero no me registra. Avanza un paso, una moto le pasa rozando. Detrás del hombre se asoma una cabellera que me resulta conocida. Me muevo un pasito para atrás. Es Fabrizzio. Siento entre los dedos de mi mano izquierda los rulos de Fabrizzio pasando como agua.
Es Fabrizzio.
Con una chica.

Me costó un mes olvidarme de Fabrizzio. De su piano, de sus discos, de sus libros, de la reconstrucción del cuadro de la Última cena que hicimos cuando dijo que le quedaba la última seda y nos imaginamos a Jesús entre medio de los apóstoles rolando un pucho con tristeza.

La noche que lo conocí (¿por qué siempre conozco hombres de noche?), éramos cuatro personas, tres amigos y yo discutiendo sobre la existencia del amor. Fabrizzio y yo decíamos que el amor no existe, que es una construcción del hombre y que, además, eso que llamamos amor no es más que un conjunto de sentimientos y acciones directa o indirectamente egoístas destinadas a que el otro te acepte o haga algo que vos querés. 
Su amigo, Nahuel, negaba rotundamente esta teoría y usaba a Johnny Cash como ejemplo. La esperó toda la vida, decía, hablando de June, y vos tenés que ver en el documental cómo se miran, eso es amor. Fabrizzio iba y venía de la conversación, no soportaba que la gente se aleje del racionalismo. Yo me quedé, defendiendo mi postura hasta el final, alegando que lo que se ve en la pantalla también es una construcción, y que ver un rato de dos personas mirándose a  los ojos con dulzura no es ver toda la vida de dos personas, ni mucho menos lo que sienten.
Nahuel me agarró la mano izquierda.
Abrí los dedos, me dijo.
Juntó su palma con la mía, haciendo coincidir los dedos. El amor es esto, me dijo.
Entrelazó sus dedos con los míos.
Esto no, dijo. Esto es llenar vacíos mutuos.

Volvió Fabrizzio a la ronda. Traía tabaco, filtros y la última seda. El chiste sobre eso hizo que termináramos durmiendo juntos.
Cuando me desperté en su casa, vi que en la mesa de luz había una pila de tres libros, de abajo para arriba, uno de Borges y dos de Marguerite Duras, La vie tranquille era el de arriba de todo. Al lado de los libros estaba el DNI. Lo agarré. Fabrizzio Cannistracci. Así se llama, me tengo que acordar, pensé. Nos levantamos, se armó un pucho, me preguntó mi nombre, le pregunté el suyo, me había olvidado. Nos reímos de eso. Fabrizzio hablaba, yo lo miraba. No era lindo, pero no podía parar de mirarlo como a la cortina del Bauen.
Qué pasa, me dijo.
Pestañé.
Nada, dije, moviendo un poco la cabeza para que se me moviera el pelo y ser más linda.
Sonrió.
Voy al baño, le dije.
En el baño había dos cepillos de dientes.

Con quién vivís, le pregunto.
Solo, dice.
Ah.
¿Dormimos otro rato?.

Antes de irme fui de vuelta al baño. Los cepillos de dientes me molestaban. Por qué tiene dos si vive sólo. Corro la cortina de la ducha, un sólo envase de shampoo.
Vive solo, me convenzo.
Antes de irme, me preguntó de vuelta cómo me llamaba.
Bueno, me das tu teléfono, pregunta.
Bueno.

Estaba lloviendo pero yo quería estar en mi casa, bañarme, dormir. Y sacar la remera manchada con vino que tenía guardada en la cartera desde la noche anterior, y que saqué una semana después.

Esa noche me escribió: Tengo que decirte algo, estoy saliendo con alguien. Los problemas vienen solos como para andar buscándolos. Pero vos sos muy linda e inteligente no vas a tener problemas en encontrar alguien pronto.

Lo primero que pensé fue que yo ya lo sabía.
Lo segundo que pensé fue lo extraño que era que una mujer no usara crema de enjuague.
Tardé un mes o un viaje en olvidarme de Fabrizzio.

Fabrizzio y la chica están esperando, como yo, que corte el semáforo de Corrientes y Callao. No se hablan. Ella tiene pelo negro, lacio, mucho y larguísimo. No le veo la cara. Tiene La vie tranquille en la mano izquierda.

¿Cómo puede ser que con ese palo no use crema de enjuague?


27.2.17

Para Mariano

Hoy llegué a casa después de 18 horas de trabajo y me habían pasado un sobre por abajo de la puerta. El sobre decía, dice, ''Para Mariano, 10mo D''. Adentro había una hoja de cuaderno espiralado, arrancada. Ni siquiera se calentó en sacarle la tirita de papel troquelada. Yo no soy Mariano, ni siquiera soy hombre, vivo en el 10mo G, pero igual leí la carta. Está escrita en primera persona y dice esto:

''Cuando cogés con alguien y esa persona te hace acordar a otro. Ahí te das cuenta que nunca lo vas a poder sacar de tu vida.

  Hace ocho años conocí una persona que me mostró un mundo desconocido para mí hasta ese entonces. Santiago y yo chateábamos durante horas hablando de cine, mientras yo debatía con mi conciencia si estudiar cine o biología. Me gustaba ese señor que sabía tanto y que me recomendaba películas que jamás hubiera visto, me gustaba como un tío, o como un padre. Me enamoré de su hermano.Yo tenía 17 y él 29, ahora tenemos 24 y 37. Él tenía dos hijos de dos mujeres y yo, un gato siamés.

  Alto, flaco, canoso, fumador, mujeriego, muy mujeriego, manager de una bandita que se hacía cada vez más grande y que tenía mucho talento. Aprendí de golpe y mucho, a coger, a fumar, a esperar, y a sufrir. Más que otra cosa, a sufrir.

  Chateamos algunas veces, jugábamos a hablar en planos. ''Me imagino un plano cenital de la Pantera Rosa bajo la lluvia, mirando al cielo'', decía una de esas conversaciones. No sé de qué hablábamos.

Arreglamos un encuentro. Cuando volví del viaje de egresados. Nos vimos en la verja de una casa que parecía abandonada, me preguntó cómo me había ido, si me había divertido. Yo lo miraba de a poco, me daba vergüenza y me deslumbraba ese hombre con aliento a cigarrillo y alcohol, ojos achinados y ojeras, que hacían, hacen, que parezca que se te está cagando de risa, y voz grave. Hablaba despacio, sin despegar demasiado los labios. Sentía que me arrastraba las palabras por la espalda. Yo me había aburrido bastante en el viaje. Mis compañeros eran muy pelotudos y mis amigas quebraron escalonadamente todas las noches hasta que la gastritis las mantuvo metidas en la cama los cinco días que les siguieron a los primeros cinco.
  No hablamos mucho, hacía frío, él se tenía que ir y no quería que nos vieran juntos, ''sos muy chica, puedo ir en cana''. No entendía demasiado lo que estaba pasando. Lo seguí, caminamos hasta un camión con acoplado, me paré en algo que sobresalía del camión para poder alcanzarlo, y nos besamos. No fue romántico, fue de tanteo.

  Los encuentros que le siguieron a ese fueron en su casa en Buenos Aires. Yo decía en casa que iba al cine del Abasto, lo cual hacía como un trámite aduanero para que me quedara tiempo de ir a verlo. Si volvía a casa con la entrada, nadie tenía por qué imaginarse que no había ido exclusivamente a eso.
 La primera vez que fui, le regalé un libro de Sacheri que me gustaba mucho. ''Lo raro empezó después''. El primer cuento de ese libro me hacía acordar a él. A él lo hacía llorar. En el subte y en el bondi. Le hacía acordar a cuando se murió su viejo. A mi me gustaba que lo hiciera llorar. Con el tiempo ese cuento y el resto de los del libro me parecieron espantosos.
 Cogimos, mal, yo amateur y él con la experiencia encima. Me regaló un chocolate amargo a medio comer y un libro de Cortázar. Así fue todo, esporádico y espontáneo, a escondidas. Tal vez es ese el motor que hace funcionar esto a media marcha a veces, a marcha completa otras veces.

  Cuando terminé el Secundario, me vine a vivir a Buenos Aires. En enero, con la excusa de querer adaptarme al espacio antes de empezar el CBC (finalmente me decidí por el cine), yo estaba acá, deseando con todas mis fuerzas que ya me considerara lo suficientemente grande como para estar con él.

 El día que fumé el primer porro, que me dió él, fue la mañana siguiente a que viniera a mi casa, tarde, como siempre, con aliento a cigarrillo y alcohol, como siempre. Cogimos, él se durmió. Yo no pude. Me moría de la emoción, lo tenía ahí, en mi cama, después de tanto esperar e imaginarme. Y me preguntaba por qué tenía que ser clandestino siempre. Creí que ahora sí, ya era el momento en que me tocaba a mí. Pero no.
  La mañana en que me dió el porro, yo había salido a comprar pan, manteca y miel, porque me había dicho que quería desayunar tostadas con miel, mientras desayunábamos me contó que se iba a España por un tiempo, que le regalaba el pasaje una amiga azafata.
Al ratito se fue, yo me fumé el porro y me fui al Museo de Bellas Artes. A fin de año tiré la miel que quedó en la alacena.

  Durante la semana de su ida a España me enteré que la azafata no era sólo una amiga, era su novia, y su prima. Estallé de locura, de amor, de odio, lo mandé a la concha de su madre. Jamás entendió que yo me había enamorado, jamás se hizo cargo de eso. ''No quiero conducir tu barco y hundirlo para siempre'', me dijo. En ese momento empecé a sufrir de verdad. Pensé, entre otras cosas, que era, que es, un cobarde. Que le teme al amor. Pero casualmente, me encuentro yo teniendo ese tipo de miedo ahora. Será cosa de la adultez.
  Durante el año y medio que no nos vimos, él fue y volvió de Argentina, y yo me obsesioné con una canción de Sabina que dice ''con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte, pero tu no querías más amor que el del Río de la Plata''. Rarísimo, porque la situación era exactamente al revés.

  Me mudé de departamento, y en dos años nos vimos dos veces, creo que las dos veces en el mismo año. Me mudé otra vez. Lo fui recordando cada vez menos hasta que creí que lo había olvidado del todo.

  Una mañana, abro el periódico local de mi pueblo, y leo una nota que le hicieron a él, sobre una película que se iba a filmar allá. Yo estaba trabajando en un lugar donde veía que no tenía futuro profesionalmente. Creí que ese era el momento de abrirme una puerta. Le mandé un mail, le dije que quería trabajar en esa película. Me hizo el contacto con el productor, y arranqué a trabajar en cine, se puso contento por mí. 

Inexplicablemente, el abandono que se remueve en cada charla sobre aquella vez que se fue a España, se transforma en compañía cuando hablamos de mi profesión. Es como si él me quisiera por las decisiones que tomo, si es que me quiere. Todavía con la sensación del desplante del 2010 y España, traté de evitar por todos los medios que pasara algo entre nosotros en ese tiempo. 

  En la Navidad del 2015 nos cruzamos en el pueblo. Él con su novia, yo con mis amigas. Esa noche nos vimos, y nos vimos muchas noches más, cada una mejor que la anterior.

  Cada encuentro es una lucha, con la culpa, con el remordimiento de saber que no está bien lo que hacemos pero que no podemos evitarlo. También cada encuentro es un bálsamo.
  Sabemos que siempre, al rato o al otro día, cada uno tiene que volver a su vida cotidiana, con su pareja real, a ser normales.

  Cada vez, al otro día, siento que lo quiero, siento que no vale la pena, siento que es él, siento que lo mismo que hace conmigo, lo hace con muchas más, siento que no entiendo por qué no puedo terminar con esto, y siento que no voy a poder sobreponerme a la realidad que me toca.
  Quisiera poder hacer mi vida sin él y quisiera quedarme vivir en esa nebulosa de su cama y su olor.''

Le saqué la tirita troquelada y despeluchada a la hoja, y me puse a escribir esto.