20.11.17

Cuánto cuesta y cuánto vale

Hola señor que atiende su negocito, ¿podrá decirme Usted?:
¿Cuál es el valor de no estar solo? ¿Cuánto cuesta?
¿Cuánta moral me cobra por acompañarme un rato? Unos días, unos meses.
¿Me alcanza con esto para que me dé un poco de amor también? Es que los envases vacíos me dan tristeza.
¿Y cuánto me cobra por un poco de sinceridad?
¿Cuánto dolor me cuesta que usted haga de cuenta que me quiere un poco?
Y cuando se me termine la moneda con la que le pago, ¿cuánto me voy a deber a mí misma por haberle comprado a Usted (¿''Usted'' o ''usted''?) espejitos de colores para hacerme cicatrices en los brazos?.
Me queda claro que todo cuesta.
Lo que necesito saber es si algo de lo que está ofreciendo, vale.
No, deje, me aburrí. Usted parece un maniquí.
No quiero alquilar sus abdominales de fibra de vidrio.
Mejor me voy a caminar.

14.11.17

Última noche en Buenos Aires.

Este texto lo escribí el 5 de noviembre de 2017 a la noche, en el departamento 10 G de Avenida Córdoba 1752:

Hoy es mi última noche en Bs As. No duermo en mi cama, duermo en el living, como una invitada en la que alguna vez fue mi casa.
En mi cama está mi mamá.
La última noche me encuentra dubitativa, con miedo, irascible y malhumorada. Siento que mi alma se fue hace unos días y mi cuerpo está molesto con tener que esperar la fecha de un vuelo. Me apena tener que dejar la mayoría de mis libros. Dudo si llevarme fotos. Me llevo la Polaroid que me sacó Anto cuando me recibí. Se ve muy mal. En realidad la foto es una mancha que, se supone, soy yo enchastrada. Me llevo ese pedazo de papel expuesto por lo que significa, no por lo que se ve. Jamás nadie me saca una foto. Siempre las saco yo.

Me molesta cuando la gente no agradece. Le digo "de nada", reclamando el gracias. 
Soy irónica porque soy demasiado sensible y tiendo a lastimar para cobrarme la lastimadura que hizo otro en mí.
Me pregunta por quinta vez cuándo llego.
El martes 7/11 a las 22.15, le digo. Le causa gracia que ponga el mes. 

Esperaba que me invitara a su casa el miércoles. Pero no. Me dijo que vaya el jueves a la noche, que él se va a la madrugada.
Esperaba que me invitara a su casa el miércoles. Es probable que lo termine haciendo. El miércoles a la tarde, cuando yo ya haya pagado el hostel. Y le voy a decir que no. 
Después de todo, no soy la cosa que le viene bien.
Yo no soy una de sus chicas. No soy linda, no soy flaca, no tengo el pelo largo y brillante, no me visto bien.
Lo puedo leer. Creo que me tiene miedo.

12.11.17

Petit escargot

Petit escargot, il a une belle coquille, où il se cache quand il se sente menacé.
Petit escargot, il a des petits organes, comme le coeur. Et tous les autres, mais le couer est le plus important, et le plus petit.
Petit escargot, il mange des plantes, et il laisse un chemin de salive, pour que la plante ne oublie pas qui l'a mangé  et n'a donné rien en retour.
Petit escargot, il est tres fragile, et son coquille est ronde et croustillante.
Petit escargot, il va de plante en plante en mangeant, mais parfois, quand les plantes sont tres grandes, il est perdu, a peur, et il laisse la plante.
Petit escargot, il a une belle coquille, où il se cache quand il se sente menacé.
Moi, je connais beaucoup des petits escargots.

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Pequeño caracol, tiene un caparazón hermoso, donde se esconde cuando se siente amenazado.
Pequeño caracol, tiene órganos pequeñitos, como el corazón. Y todos los otros, pero el corazón es el más importante, y el más pequeño.
Pequeño caracol, come de las plantas, y deja un camino de baba, para que la planta no se olvide quién ha comido de ella y no ha dado nada a cambio.
Pequeño caracol, es muy frágil, y su caparazón es redondito y crujiente.
Pequeño caracol, va comiendo de planta en planta, pero a veces, cuando las plantas son muy grandes, se pierde, le da miedo, y abandona la planta.
Pequeño caracol, tiene un caparazón hermoso, donde se esconde cuando se siente amenazado.
Yo conozco muchos pequeños caracoles.

11.11.17

Gente en (no) lugares

El tipo del check in de Colonia Exprés me dijo que pensó que tenía 19 años. 
Me llamó la atención la velocidad con la que sacó la cuenta de mi edad. No habían pasado ni 30 segundos entre que le di mi pasaporte y mi pasaje y me los devolvió. 
''Debe ser la piel'', dijo después. Mi piel es un desastre, no había necesidad de que mintiera.
Le dije que suponía que le tenía que dar las gracias, y de esa manera le agradecí algo que no estoy segura que sea digno de agradecimiento.

Vi una mujer robando en el free shop.
Por la edad, creo que podría ser mi madre.
Sentí un poco de admiración. Nunca robé nada, estoy segura de que si lo hago me descubren.
Nunca robé nada voluntariamente. He robado carilinas en el subte sin querer, porque el vendedor me las dejó y se fue.
Esta señora tenía una actitud de estar mirando con inocencia las cosas de las vitrinas. Ojos achinados, flequillo sobre los ojos, mochila rosa, chatitas, jean. Estoy segura de que era docente. No sé por qué estoy segura de eso.
Estaba parada atrás mío y con su mochila empujaba la mía, y a mí. Me dí vuelta un par de veces con cara de ojete para que se diera cuenta, aunque esa técnica nunca funciona. La segunda vez que me dí vuelta, la vi meterse los chocolates entre el pantalón y la bombacha. 
Yo estaba haciendo fila para comprar cigarrillos para una uruguaya. Me dio 1400 pesos uruguayos y me pidió que comprara con mi pasaje así ella aprovechaba dos promociones. No entendí bien pero le hice el favor.
Le entregué, luego, los cuatro paquetes de cigarrillos en Montevideo.
Así que ahora tengo dos mochilas, una valija y cuatro paquetes de cigarrillos Nevada. 
Y una cabeza totalmente enquilombada.

Cuando llegamos a Colonia, se cortó la luz en el barco. 
Se escuchó el murmullo de cuando se corta la luz. No sé por qué la gente habla bajito cuando se corta la luz. Un ciego dijo "ahora son todos ciegos eh!". Y la que había robado los chocolates dijo "ay qué divino!".
A la gente le gustó el mix de ternura, melodrama y picardía que había en esa frase. A mí me pareció muy inteligente y me dio una cosita en el estómago, como cada vez que alguien hace o dice algo digno de admiración cotidiana.
Por suerte me ayudaron a sacar la valija del barco.

Cuando me bajé del barco, estaba en un lugar abandonado.
Es una especie de cantina que no atiende nadie, a la que le quedó una pintura de Coca Cola en la pared y un cartel con una lista de lo que ofrecía este lugar para comer. También pintado en la pared, a mano.
Fanta naranja, Fanta pomelo, Coca Cola, Sprite, hamburguesas, panchos. No hay precios. Hay bancos y mesas de material pegados al piso. Nadie los usa. Parece el bar de un club de verano de algún pueblo. Me fascina ese lugar. 
Me hace acordar al bar que había al lado de la Esso de mi pueblo, el cual jamás vi abierto porque cuando yo nací ya era un lugar abandonado. Sin embargo, cuando pasaba con mí mamá por la vereda, desde afuera se veían carteles con fotos de los menúes que ofrecían. Una de esas fotos era un pancho con mostaza y un vaso de Coca rojo de los de papel. La Coca se veía fría, los hielos en la superficie, el vaso transpirado. Amaba ese lugar aunque nunca entré. Y creo que a los panchos sólo les pongo mostaza gracias a esa foto.
Volviendo a donde estoy ahora, atravesé el lugar abandonado y luego un pasillo con muchas vueltas.
Todos los demás que estaban en el barco van adelante mío. 

Mí valija es muy pesada, me cuesta moverla. 
Es tan pesada mí valija, que sólo llego a ver la espalda y la valija del anteúltimo de la fila un momentito antes de que desaparezca al dar la vuelta en el pasillo.
Cuando llegué al sector de aduana, con mucha dificultad pasé las mochilas y la valija. Cuando agarré la valija, vi que en el piso, justo abajo, había un ojo turco.
Sentí que estaba ahí para mí. Lo levanté y me lo guardé. Recordé la cinta roja que se me salió en la casa de Diego cuando lo conocí. Recordé la cinta violeta que se me cortó el 30 de octubre, cuando hacían cuatro años que empezaba a trabajar en cine, y estaba en mi último rodaje en Buenos Aires. No sé si el ojo será mí amuleto. Yo creo que sí.

En el vuelo de Lima a el Salvador, un señor escupió todo el viaje en una bolsa de papel que se guardaba en el bolsillo. Me parece rarísimo guardar escupitajos en una bolsa en un bolsillo.
Me robé la mantita del avión. Se sintió bien. Cuenta como mi primer robo voluntario.
Marchelo me dijo que me quiere y me pidió disculpas por haberme histeriqueado. Me dijo que le gustaba mucho. Me pidió que no esté con su amigo. Me lo dijo cuando estoy a 12 mil km de distancia. Me mandó un audio contándome que por hablar conmigo se equivocó de bondi y en vez de tomarse el 130 se tomó el 111 y se bajó en cualquier lado. Petit escargot.
El sábado uno me invitó a salir. Le dije que no podía porque al otro día me iba a vivir a México. No me creyó.

Petit escargot: No.


Petit escargot: 
No voy a tomarme el trabajo en vano de buscar donde no hay. 
No tengo tiempo ni energía de sobra para poner en eso.
No me puedo dar el lujo de dudar.
No puedo relegarme más. 
No quiero. Me quiero. 
No te gusto. Yo a vos no te gusto. No puedo más tratarme así de mal.
No quiero ser tu mamá.
No quiero entregarme por compromiso ni por aburrimiento ni por agradecimiento ni por lástima. 
Si no me dejas leerte, no me saco la ropa. La puesta ni la del corazón.
El mundo es un lugar redondo al que le imponemos la forma cuadrada todo el tiempo. 
Por algo será que nos pasamos la vida preguntándonos cómo se hace para vivirla.
Al avión le salía sangre y me daba miedo. Después me dormí.
El miedo, el asco, la fobia a lo que está fuera del lugar que le fue asignado canónicamente.

10.11.17

Dormir

Estoy en la cama de Diego, que será mi cama por un mes.
Diego está en la cocina/living/estudio. Deambula por esos tres lugares terminando de armar su equipaje para irse a China. 
Tuvimos una conversación que fueron varias. Puntuadas por cerveza y un licor de Italia que no me acuerdo cómo se llama pero es riquísimo.
Hablamos de su obsesión por el sexo y las mujeres. De su amor por su casa. De que le gusté por argentina y le disgusté por soberbia, o sea, le gusté por lo mismo que le disgusté. De que nuestro buen sexo derivó en amistad. 
Él no me preguntó qué me pasó a mí, qué caminito hicieron mí mente y mi alma. 
Lo único que me apena es que Diego esta noche no duerma por evitar compartir su cama conmigo.
La locura es que hacemos muy buena dupla. 
No me animo a escribirlo. 
Estoy escribiendo mucho sin comas. 
Muchos puntos. Muy contrastado. 
Mi escritura ya es mexicana.
Mi alma y mi cuerpo también.
Tengo la cabeza llena de cosas, como un depósito.
Finalmente dormimos abrazados aunque no nos dimos un beso en todo el día.
Soñé que me secuestraban.
Una diferencia de veinte horas es igual a una diferencia de cuatro.

Soñar

Tuve un sueño en el que decía mucho que no.
Siempre fantaseo con no haberme despertado, trato de hacer consciente mi cuerpo moviendo alguna parte de mí o tomando agua. Si se siente igual que en la vigilia, deduzco que estoy despierta.
Sin embargo, nada me asegura que me haya despertado de todos los sueños.

4.11.17

Vueltas e idas

Lo que me alegra de mí, y de alguna manera me salva de la tristeza de sentirme recordada a destiempo, es saber que soy una persona que no se olvida fácilmente.
Han vuelto para decirme que no se arrepentían de nada. De lo bueno ni de lo malo.
Han vuelto para pedirme perdón.
Han vuelto para ver si hay una segunda oportunidad. O una quinta.
Han vuelto para ver si me pueden lastimar un poquito más.
Vuelven todo el tiempo.
Pero vuelven cuando yo ya me fui.
Para siempre.
Cansada de que me recuerden tarde.

3.11.17

Pantallazo de mí

Juego a adivinar la cara de la gente que camina adelante mío en la calle.
Me gusta escuchar a la gente hablar de sí misma.
Me aburre la gente cuyo cable a tierra es hacer deporte.
Me aburre la gente que le interesa todo lo que tenga motor.
Me aburre la gente que necesita ir a una fiesta todos los fines de semana.

Deseo nunca tener que pasar tiempo con una persona que cumpla con todas esas características.

Soy más insegura de lo que parece.
Soy más ansiosa de lo que parece.

Me sorprendo bastante a menudo de mí misma para bien.
Me gustan las drogas. No me gusta la marihuana.

Me gusta estar ebria.
Me gusta estar ebria sola y con amigos.
No me gusta estar ebria en un lugar lleno de gente que no conozco.
Me gusta dibujar. Lo hago muy mal.
Me gusta cantar. Soy completamente inútil.
Me gusta bailar. También soy completamente inútil.
Me gusta sacar fotos, aunque lo hago cada vez menos. Lo hago muy bien.

Creo que nunca estuve enamorada.
Creo que nunca voy a saber qué es estar enamorada.
Si estuve enamorada, no lo sé.
Si estuve enamorada, fue una sola vez. De alguien quince años mayor que yo. Me duró 7 años. Él se enamoró de mí al octavo año, cuando yo ya no estaba enamorada de él.

Me gustaría que me gusten las mujeres pero aún no lo logro.
Actuando puedo hacer cosas que no actuando no haría jamás, aunque soy consciente de que es exactamente lo mismo.
Me gusta que me miren.
Me gusta gustar.
Me siento linda la mayor parte del tiempo. Creo que sentirme linda me vuelve linda y sentirme fea me vuelve fea.

Juego a caminar de distintas maneras por la calle.
Practico mis obras de teatro por la calle, en silencio, haciendo solo las caras. Miro a la gente para ver su reacción.
Puedo mirar a los ojos a una persona por horas, pero si veo algo que no me convence, la evito de por vida.

Me perturban muchísimo los ojos que tienen cosas en la parte blanca, como derrames o manchas. 
No soporto a la gente que tiene los dientes manchados.
Me gustan los narigones.
Me gustan las dentaduras que no son perfectas pero sí completas.
Nunca estuve con alguien que le falte una pieza dental ni una parte de su cuerpo.

Prefiero un feo con buen perfume que un lindo con olor feo.
Me gusta el olor a chivo de los hombres que me gustan.

Me gusta irme de mi casa.
Me gusta volver a mi casa.
No me gusta volver a mi casa muchos días seguidos.

Creo que hay relaciones más incestuosas que las carnales entre padres e hijos. 
Creo que el incesto es mucho más que meter una parte del cuerpo de uno en una cavidad del otro. 
Creo que, en lo legal, le damos demasiada importancia a lo físico.
Alguna vez he fantaseado con que me den ganas de coger con mi hermano. Nunca sucedió.
Han abusado de mÍ de todas las formas posibles.
He abusado de algunas personas.

Prefiero que me abandonen a abandonar.
Prefiero el enojo a la culpa.
Prefiero que me traicionen a traicionar.

No hago chistes, no me los acuerdo. No me interesan.


Inventé mi firma a los 8 años, jugando a ser oficinista. Es una jota con una ese sobreimpresa sobre la jota. 
La jota de Josefina, la ese de Stefani. 

Aunque mi apellido hasta los 20 años fue Marengo y no sabía de la existencia de mi apellido, de mi padre, ni de mis hermanos.

Creo que querer que alguien no se muera es muy egoísta, aunque a menudo quiero que la gente no se muera. Sobre todo los señores que atienden los bares viejos.

Creo que la vida es algo que se le da a alguien que aún no existe.



2.11.17

Adverbio de tiempo

Hoy me dí cuenta que cuando uno elige algo, está no eligiendo otras cosas.
Y también que en Buenos Aires es conveniente andar en bicicleta por la mano izquierda.
Y que suelo empezar mis textos con adverbios de tiempo. Como ahora.

1.11.17

Muestra gratis

Acá estoy.
En plano cenital, boca arriba, en concha, con las piernas abiertas, con una toalla en el pelo. Llorando. Segura de que parezco una rana aplastada en el asfalto.
Estoy en mi cama. Llorando.

Lloro de impotencia porque me tengo que poner una crema en la concha y no me veo. No hay espejo o cámara de celular que me permita ver dónde tengo que llegar.

Lloro de bronca, porque el hijo de la mierda que me contagió esto no se tiene que poner crema en un lugar donde no se ve. Porque tiene pija, y la pija se ve toda.

Lloro de miedo, porque no sé si me estoy poniendo bien la crema. Y a mí me perturba muchísimo la posibilidad de hacer las cosas mal.

Lloro porque la médica me dijo ''vas a necesitar que alguien te ayude a ponerte la crema''. Y yo vivo sola. Y no le dije.
Lloro porque vivo sola y lloro porque no le dije. Por las dos cosas.

Lloro porque ayer trabajé veintiseis horas y hoy trabajé doce, y estoy cansada.

Lloro porque aunque la médica me dio una muestra gratis de la crema, yo siento que la muestra gratis más grande del mundo es otra: Una muestra gratis de lo que va a ser vivir sola en un país donde no tendré a nadie, al menos durante un tiempo, que me ayude a ponerme crema en la concha, o que me banque llorando, en plano cenital, como una rana aplastada. O que me abrace cuando se me pase el llanto, y en una de esas me mienta un poco y me diga que todo va a estar bien. Aunque nunca esté todo bien.

Y lloro un poco también porque lloro y no me siento mejor.
Llorar y no sentirse mejor es como tener sexo y no tener orgasmos. Un estornudo interrumpido.

Y también lloro porque mientras estoy en plano cenital pareciendo una rana aplastada, pienso qué cinematográfico me resulta todo esto. Y me lo relato. Y es un poco desesperante relatarme todo, todo el tiempo.

31.10.17

El miedo y el chipá

El sábado pasado almorcé un chipá mientras caminaba por Once. 
Se lo compré a un señor que también vendía empanadas. Le pregunté de qué eran pero no escuché la respuesta y compré el chipá. 
Lo compré más porque me pareció pintoresco comer chipá en Once que por gusto. En realidad el chipá no me gusta tanto.
Era una rosca grande. Y estaba frío. 
Dí dos mordiscos.
Al segundo mordisco pensé que me iba a caer pesado.
Dí algunos mordiscos más y lo guardé en la mochila
El chipá siempre me cae pesado. Si está frío, peor.
Me dió miedo encontrar pelos en el chipá.
Tengo mucha facilidad para encontrar pelos en la comida. No los busco, jamás. Simplemente los veo o, peor, se me enroscan en la lengua. 
Cuando eso pasa, frunzo toda la cara. Si estoy con mis amigas, me ven y dicen ''no, no, no puede ser''. 
Y sí, es un pelo. 
Y no puedo seguir comiendo.

Pero el sábado tenía mucho hambre. Así que me mentalicé de que las condiciones de higiene de la cocina donde se había llevado a cabo el chipá que estaba comiendo eran, al menos, buenas. 
Sentí un pelo en la punta de la lengua, lo palpé un poquito. 
No me cercioré de que fuera un pelo real. 
No quería enterarme. 

Me puse a pensar en el asco.
Llegué a la conclusión de que el asco es el rechazo a lo que está fuera del lugar que le fue asignado en su origen, biológicamente o por convención.

El asco es miedo.

Terminé de comer el chipá mientras caminaba por Belgrano.

¿Cuánta tristeza es necesaria para llorar?

A veces no puedo llorar. 

Tengo ganas de llorar y no puedo.
No ganas caprichosas de que se me antoja arrojar líquido por los ojos. Ganas de verdad. 
Tristeza. 
Tristeza en los ojos, en la cara, en el cuerpo. 
Sin razón alguna, o con razón. 
Pero no, no puedo. No me sale.

Hasta hoy se lo atribuía a que cuando me siento así, por lo general, estoy estresada o con fiebre. 
Pero ahora no es lo uno ni lo otro. Es tristeza pura y dura. Y aún así no puedo llorar.

Qué feo es no poder llorar. 
Es como estar apunada. No hay suficiente aire para respirar, aunque haya mucho.

Quiero llorar y la tristeza parece no ser suficiente, aunque cala hondo.
Voy a probar con dormir. 

Tal vez para mañana ya no necesite tanta tristeza para llorar un poco.

28.10.17

Me pasa por hurgar

Anoche tuve una cita con vos, pero nunca te enteraste.
Me contaste muchas cosas aunque no hablaste.
Ni siquiera estabas físicamente ahí.
Acá.
Pero sí estabas.
Yo abrí tu cofrecito mientras estabas en el baño.
Meabas y pensabas que yo dormía,
pero estaba despierta,
hurgando en tu cofrecito.
Y encontré algunas cosas lindas,
y algunas cosas que no me esperaba.



Eso me pasa por hurgar.

27.10.17

A menudo camino conmigo

A menudo camino conmigo. 
Me relato lo que pasa, me lo cuento. 
Me lo cuento como si lo desconociera. 

Me entretengo con el relato, siempre.
Y en ese relatarme me acompaño. 
Debe ser por eso que soy bastante solitaria.

Me gustan los cuentos, siempre me gustó que me los cuenten. 
Me gusta escuchar anécdotas. Desde chiquita desee que mi trabajo fuera ''escuchadora de anécdotas''. 
Supongo que tiene que ver con que también me gusta despeluchar pompones, descascarar árboles, cebollas, botellas, hacer preguntas, desenterrar venecitas del patio de la casa de mis abuelos, rascar espaldas, tocar la rejilla del fondo de la pileta del club, sacar conclusiones. Llegar al fondo de todo. 
Cueste lo que cueste, así cueste mi pesar. 
Mi peso.

En ese relatarme también logro la comunicación ideal: la transmisión de ideas en un lenguaje previo a la palabra. 
Algo que siempre intenté con otras personas y jamás pude porque somos ''seres atravesados por el lenguaje''. Yo creo que mi negación por la palabra hablada tiene que ver con la falta de respeto por la norma. 
Nunca me gustó obedecer, aunque siempre fui muy obediente. Abanderada y escolta de la bandera nacional.
Nunca grité frente a mis padres, nunca canté frente a mis padres, nunca dije muchas cosas que hubiera querido decir. La forma que yo conocía hasta ese momento no me convencía, no me gustaba. No me alcanzaba. 

Entonces tartamudeaba. 

Por un tiempo fui tartamuda, sí. 
Tenía muchas ideas y ninguna manera me parecía la adecuada para transmitirlas. 
Y la palabra hablada nunca fue una opción para mí.

Así es que cuando camino conmigo, me siento una privilegiada. 
Puedo relatarme historias que nadie más conoce porque las creo en el momento. 
Son fugaces. A veces duran una cuadra, o a veces duran meses, pero siempre desaparecen y siempre me digo que las tengo que escribir, pero nunca lo hago, como hoy, como la historia del hombre de la heladería de la vuelta de casa (no sé el nombre de la heladería pese a que hace siete años que vivo en el mismo edificio y pese a que sí sé que tienen un durazno al chantilly que es espectacular, y que el helado es carísimo, y que hacen pan dulce con helado adentro, como hace mi abuela, pero nunca lo probé, porque también debe ser carísimo), que tiene vitiligo, que siempre me mira cuando paso por la vereda.
Que siempre lo miro cuando paso por la vereda.

Que siempre tiene guardapolvo blanco, que siempre está detrás de la caja, iluminado por el mismo tubo blanco, cualquiera sea la hora.
Que siempre me pregunto si él disfrutará ser él, si le gustará su trabajo, si comerá mucho helado o si estará medio podrido ya. Si le gustará el helado, si él se acordará de mi cara como yo me acuerdo de la suya cada vez que atravieso caminando el límite que separa la ortopedia de la heladería y ya sé que lo voy a ver ahí.
Siempre que intercambiamos miradas, que es siempre que paso por ahí, trato de descifrar qué piensa. Siempre me parece que está muy concentrado en la gente que pasa. Nunca lo ví concentrado en otra cosa, ni siquiera cuando está hablando con alguien. Siempre tiene, al menos, un ojo en la vereda. 
No sé cuánto tiempo pasa mientras paso, estimo que deben ser menos de dos segundos, la vidriera no es tan grande, y yo camino bastante rápido.

Yo siempre sé que después de la vidriera de la ortopedia, viene su cara, o al menos puedo intuirlo. Pero él no. Él no sabe quién viene después del que vió pasar recién. Eso me da un poco de poder, siento. 
El poder siempre es una sensación.
Siempre pende de un hilo. 
Y probablemente sea la incertidumbre de no saber cómo es el siguiente lo que lo mantiene atento a los transeúntes.

Aunque hoy fue distinto, porque me lo crucé a la altura del Banco Francés. 

Y no tenía el guardapolvo blanco, ni estaba detrás de la caja, y lo iluminaba otra luz, una luz anaranjada, de la calle, de sodio, o no. No sé de qué material las hacen ahora. Me gusta pensar que son de sodio, como en las películas. 
Era la misma luz que me iluminaba a mí. Nos estaba iluminando la misma lámpara. Eso nunca había sucedido. 
En siete años nunca había sucedido. 
Yo nunca entré a esa heladería.
Y se me cerró el telón.

Algo de esa sensación de disfrute, de tener el poder del saber qué viene para el otro y de que el otro no sepa qué viene para él, encuentro en la actuación. 
Para mí, interpretar significa la conjunción perfecta de sucesos que siempre deseé:
Logro decir sin limitarme al habla. Logro decir con todo mi ser.
Logro ofrecer, dejar en el aire para que otros se sirvan y hagan con ellas lo que quieran, ideas mucho más complejas que las que entran en una frase de palabras. 
Me siento la anfitriona de la fiesta, ofrezco cositas para comer, que a algunos les gustarán, a otros no, a otros más o menos, pero que todos digerirán a su tiempo.
Y siento, espero, deseo con todo mi ser, acercarme un poquito, aunque sea, 
al Bacon del que hablaba Deleuze, cuando decía que su obra generaba una conmoción que no podía explicarse en lo inmediato, y mucho menos en términos verbales (me resulta maravilloso que algo en este mundo tan racional, no tenga explicación). 
Que descolocaba la mirada, que generaba incomodidad (‘’que resta goce al otro, al que no está actuando’’,diría mi amiga Marianela, que dijo, o que dice, Freud, que es lo que uno busca cuando se para frente al arte y que es lo que uno busca cuando elige expresarse de un modo un poco corrido del común, poco correcto).
Que era imposible hacer una síntesis de lo que sucedía mientras se estaba ahí, porque era demasiado, porque había necesidad de que todo eso decantase con el tiempo, con el cambio de la duración de cada espectador.

Lo antikalokaghatico, esto ya no es Deleuze, esta soy yo, como algo necesario, que ni el artista ni el espectador (me molesta bastante tratarlo de espectador, simple personita que especta, prefiero decirle receptor, porque recibe y hace lo que quiere con eso) pueden evitar.
Porque uno elige hacerse a uno mismo, (y elige el lenguaje a través del cuál hacerse, representarse, porque después de todo, por más que uno intente, siempre algún lenguaje lo atraviesa), es necesario que el arte sea propio, distinto, antikalokaghatiko y anticoncinnitas, como la realidad que nos acontece, todo el tiempo distinta, imperfecta, despareja, desorganizada.
La existencia nuestra golpeándose con la existencia de los demás.

Que el alivio nunca sea una constante, deseo. Porque la belleza resalta mucho más en el desorden. 
El mundo, por suerte, es como el olio, no viene diluído, es pastoso, denso, si te manchás los dedos es muy probable que termines manchándote la ropa, la casa, a los que tengas alrededor por unos días. 

El mundo  tiene un contraste altísimo. 

Como la piel con vitíligo del hombre de la heladería que veo todas las noches pero hoy me lo crucé en la vereda del Banco francés.



23.10.17

Gracias por venir a esta fiesta

Últimamente, cada vez que me pasa algo bonito, siento que me voy a morir. Como si la inminencia de la muerte fuese una manera que tiene el mundo de despedirme. Una especie de souvenir por haber venido a esta fiesta.

Hoy fuimos con mi papá y mi hermana a despedir a mi abuela. Doble despedida fue, porque mi abuela se está muriendo y porque yo me voy a vivir a otro país. Nada triste. Pero sí algunas cosas que yo quería saber antes de irme:
Cómo conoció a Adolfo, mi abuelo paterno, y si alguna vez quiso estar con otro hombre.
De esas dos preguntas, se desprendieron dos respuestas muy poco creativas, y muchas anécdotas. Una de ellas, la del día en que mi abuelo quiso suicidarse con los calmantes que había juntado durante meses mientras había estado internado en una clínica a raíz de un accidente cerebro vascular que lo dejó hemiplégico y odiando la vida.
Mientras hablábamos, mi papá empezó a acariciarme las manos y a trenzarme los dedos, como yo misma me hago a veces cuando estoy escuchando una conversación que ya escuché mil veces y que no me interesa en lo absoluto, o cuando la ansiedad me da batalla y la energía se me escapa por algún lado.
Me dio sueño. Y me dio un poco de vergüenza porque estábamos visitando a una persona en lo que será, con seguridad, su lecho de muerte y yo la estaba pasando bien.
Me di cuenta que mi papá nunca me había acariciado las manos, nunca me había trenzado los dedos. Que esperé veinticinco años sin darme cuenta que estaba esperando las caricias de mi papá en las manos.
Me dí cuenta que perdí la virginidad antes de recibir una caricia de mi papá.
Que conocí a mi papá siendo una mujer.
Qué lindas las caricias de mi papá en las manos.
Quién sabe cuándo podrá acariciarme otra vez.

Anagnórisis de mí misma

Reconocerme de a poco y de repente, sola y acompañada, en la multitud. Yo al borde del abismo, y en ese abismo, ahí al fondo, yo misma. Yo en el borde y yo en el vacío, yo EL vacío. Yo lista para lanzarme a mí misma. Y en la caída hacia mí, mi propia anagnórisis.

10.10.17

Escalas

Esto empezó como un ejercicio de creatividad para mí. Me impuse una consigna que fue escribir algo en cada escala de este viaje: dos textos en Montevideo, dos en Lima, uno en El Salvador y uno en Costa Rica. Pero me ganó la anarquía y la falta de respeto por las autoimposiciones, que siempre me parecen pelotudas un ratito después.
Así que acá hay, entonces, una serie de textos inconexos, o cuya única conexión es formar parte de una bitácora introspectiva en la que no hablo de lo que pasa sino de lo que ME pasa con lo que pasa.

1.Buenos Aires-Montevideo. 3 de octubre.
Estoy en la puerta de embarque. De espaldas a ella. Detrás mío hay una puerta, la de embarque, que cada vez que alguien, un uniformado, la abre, deja pasar el sonido del río.
Qué gran pelotudez, pienso, qué sinsentido acostumbrarnos a limitar todo. A delimitar. A encajonar la flora, la fauna, los ríos, el aire, la tierra, la existencia.
Todo delimitamos y lo guardamos en cajas gigantes con agujeros que se abren y se cierran.
Hasta lo que no se puede meter en una caja nos las ingeniamos para encerrarlo. 
El tiempo: ''hay que presentarse en puerta de embarque dos horas antes de abordar''. Un día tiene veinticuatro horas. Una hora más y es otro día. Si te vas más allá de Jujuy, la gente vive una hora atrasada, y si te movés un poco a la derecha o a la izquierda, puede que estés viviendo doce horas más o menos.
Y así nos las vamos ingeniando, para vivir en una jaulita de paralelos y meridianos que nosotros mismos nos creamos.

2.Montevideo-Lima. 4 de octubre.
Sentados en el avión, somos tres. De izquierda a derecha: padre, hijo de siete u ocho años y yo, contra la ventanilla, como siempre. 
Es el primer vuelo del nene. El padre le cuenta qué va a sentir cuando el avión despegue y aterrice. El nene le pregunta insistentemente si ya estamos volando. Supuse que tendría miedo de fallar y no sentir todas esas cosas en la panza que se sienten en el primer vuelo. El padre le dice que no, que no se preocupe, que se va a dar cuenta cuando estemos volando.
Yo miro por la ventanilla, me aburre ver el cemento, y me entristece un poco ver a los señores en carrito llevando y trayendo esos chalecos fluorescentes de vialidad, sin volar a ningún lado, confinados a servir a los que sí viajan. Pero estoy feliz, porque también es mi primer algo.
El avión comienza a desplazarse por la calle.
''Dame la mano'', le dice el padre al hijo.
Y yo pienso que la vida se trata un poco de eso, de tomar y soltar manos para crecer.
Y de volar, claro, siempre volar.

3.La tarde salvando un colibrí. 6 de octubre.
Hoy se me fue la tarde intentando salvar a un colibrí. 
Iba hacia el Palacio Nacional con el tiempo justo, porque decidí ir caminando. Salí a las 14.45. A las 19 tenía que estar de vuelta, bañada, cambiada, y pasando a buscar a Dilery por la casa de Augusto, que también es su casa.
Tenía una hora quince de caminata hacia el Palacio. Acepté el reto, otra imposición sin sentido que no cumplí.
Arranqué la caminata siguiendo el gps, pero tuve que modificar el camino porque hay calles cortadas por los destrozos que dejó el terremoto. 
Tomé una avenida, caminé varias cuadras. Adelante mío iba una chica con un maletín rígido, verde agua. Decidí chequear el mapa para ver si me había desviado mucho. 
''Cuidado! Ay, casi lo pisas!'' Escuché. 
Mi vista estaba copada por la pantalla del celular y la mochila, que es bastante grande e incómoda. Atiné a correr rápidamente el pie de donde lo tenía. No sabía qué era, pero esa advertencia me había hecho pensar que no estaba bien pisar eso.
Desvié la atención del celular. La chica del maletín verde agua estaba arrodillada en la vereda. 
Lo que casi había pisado, era un colibrí.
En ese momento tuve dos opciones: disculparme y seguir, o arrodillarme con ella y ver qué le pasaba al colibrí. Me arrodillé.
El bichito ocupaba un tercio de la mano de la chica, y ninguna de las dos sabía qué hacer. Me pareció atinado darle agua. Así que saqué la botella, puse agua en la tapita y se la acerqué al pico, pero no tomó.
Tenía sangre en el ojo izquierdo, y había dejado sangre en la vereda y en la mano de la chica.
Yo no tenía la más puta idea de cómo reaccionar a un colibrí moribundo en un país desconocido. Lo único que podía decir era ''no se qué hacer''.
La chica decidió llevarse el colibrí a su casa para salvarlo. Después de todo ya había salvado uno hacía unas semanas, dijo.
Me quedé parada en la vereda, mirándola, mirando su decisión, su maletín y su colibrí.
Empecé a sentir que los borcegos me habían lastimado. Compré curitas en el Oxo y me las puse en la vereda.
Decidí volver al hostel sin ver murales de Siqueiros ni de Rivera, pero habiendo conocido un colibrí de 7cm de largo, una chica, y su maletín verde agua.

4.Mi terremoto en México. 8 de octubre.
Es domingo, 10 de la mañana. Estoy medio sin dormir y sin comer. Visto la Casa Azul y el sueño y el hambre se me van yendo como quien se nutre del aire.
El cuerpo y el alma de Frida, cercenados varias veces por la vida, tantas. 
Su capacidad de amar y acompañar a un hombre bastante egoísta para el amor. Tal vez en la indiferencia de Diego, ella sentía el cuerpo menos estigmatizado, más cercano a los cuerpos de los demás, a la norma, a lo que no necesita compasión porque está completo y puede soportar indiferencia y egoísmo. Porque un cuerpo fuerte es la fachada de un alma fuerte, aunque sólo sea fachada, claro está.
Eso me hizo pensar que la fuerza física no crea, que el cuerpo sólo sirve a la creación como un canal pero que la única fuerza creadora es la que no tiene origen tangible.
Mis talones, cercenados también, por la fricción cuero-media-piel. Sangrando. La sangre escapándose por los bordes de las curitas. Dos por talón, porque las lastimaduras son más grandes. Pero también las ganas de seguir. La fuerza creadora contra la fuerza física.
Cuánto puede soportar un alma y aún así seguir entrando en el mismo cuerpo?.
Volviendo a casa (sí le dije ''casa'' al hostel), el aroma de los bosques de Chapultepec, que me remite a algo pero no sé a qué. Que me lo quiero respirar todo para averiguar de dónde viene ese olor en mi recuerdo.
Y todo el día, en mi cuerpo, la memoria de mi propio terremoto en México.







23.9.17

Desde la montañita de tosca

Son más de las 5am. No sé qué hora es porque hace rato me quedé sin batería en el celular, pero estoy segura de que son más de las 5.
Espero el 109 en Arévalo y Corrientes, parada en una montañita de tosca que está en la calle. Hace mucho frío y estoy borracha. Tomamos mucho alcohol, comimos poco, y al final nos regalaron una jarra de mojito que no pudimos rechazar.
Evalúo si tomarme un taxi o seguir esperando. Decido esperar. Me gusta ver a la gente en el bondi, me siento acompañada porque aunque no nos dirijamos la palabra, siempre hay algún tipo de comunicación con el cuerpo. Me gusta mirarnos a todos. Pienso en Simmel y en la disgresión sociológica de los sentidos, en todo lo que nos decimos constantemente sin hablar. Esa es la comunicación que me gusta, porque es la primitiva, la instintiva, la que se está perdiendo, la que involucra pasado. Y todo lo que involucre pasado, como el cine, me atrae. Como me atrae el Café San Bernardo con sus señores del billar, con sus casilleros para guardar los tacos, con sus mozos siempre bastante duros, con modales de otra era.
Fumo un pucho que ya casi se termina. Se acercan dos chicas vestidas de negro y me dicen algo. Son mis amigas que volvieron hasta donde estoy porque no se acuerdan dónde dejaron el auto. No las reconocí. Me hablan y las miro, pero no me doy cuenta quiénes son. Y no me acuerdo dónde dejaron el auto.
Estaba pensando en todo ese miedo que tenés. Mirá cuánto pasaré pensando en eso, que ni siquiera pude reconocer a mis amigas mientras me hablaban.
Pienso que el miedo no se puede medir pero sé que vos tenés mucho. Muchísimo miedo.
Y sé que yo también. Que nunca tuve tanto miedo. Pero además de miedo, por suerte, tengo convicciones.
Las chicas se van y me quedo sola dándole vueltas a la montañita de tosca y a ésto.
Cuánto miedo podés llegar a tener?
Termino el pucho y, desde el cordón de la vereda, lo tiro a la montañita de tosca. Desde el cordón salto a la montañita para apagarlo. Pero vos? Vos saltarías a la montañita?
El pucho se apaga y me doy cuenta que los pajaritos se están despertando.
Qué molesto se vuelve el canto de los pájaros cuando no coincide con el deseo propio. Pensar que hace diez años todo mi deseo era dormirme con el canto de los pájaros, que ahora son palomas. Palomas gordas y asquerosas que bañan con su mierda los techos de las casas y los autos, y arruinan todo lo que hay a su alrededor con su caca corrosiva.

Si supieran, tus miedos, todos ellos, cuánto llevo sin dormir tal vez se sosegarían un poco. Tal vez se darían cuenta que no tienen razón de ser.
Tal vez vos te animarías a dejarlos en el cordón de la vereda y saltarías conmigo a la montañita de tosca, donde aprendemos a vivir con ellos sin que nos hagan poner puntos en oraciones donde pueden ir comas.
Veo venir el 109, ramal que va a la dársena de Buquebus. En la calle transversal, el semáforo se pone en verde y pasan camiones de basura. Corta el semáforo.
Hola, seis cincuenta, por favor.

17.9.17

Comeré cebollas

Hoy recibí un mensaje:
¿Creés en el amor a primera vista vos?. Creo que me pasó el viernes. Sigo con ella. Temo que viajes 10.000 kilómetros sólo para matarme.

Bueno, suerte con eso. Fue toda mi respuesta.

Me cambié, armé el mate, compré tres facturas. Tantas como planes tenía. Y me fui a la plaza.
Estaba bien pero no tanto, me pone feliz que la gente encuentre amor en tiempos en los que escasea tanto, pero también se me acababa de romper una ilusión. Así que paré en el kiosco a comprar cigarrillos y, mientras el del kiosco me decía que no tenía mentolados, me dí cuenta de algo:
No tenía ganas de llorar. ¿Por qué no tengo ganas de llorar si acabo de recibir una noticia que a mí, que necesito sentirme querida constantemente, debería afectarme muchísimo?
Me puse a pensar por qué lloramos. Llegué a la conclusión de que el llanto es consecuencia de algo que no tiene solución. La pérdida total, la muerte, la vaciedad de la vida, el fin, son motivos para llorar.
Entonces me dí cuenta que si no tenía necesidad de llorar era porque tengo soluciones al alcance de la mano.
Cuando volví al kiosco, el que atiende insistía con que no tenía mentolados, como si me estuviera diciendo que no insistiera con lo del llanto porque no me iba a salir, porque no era necesario, porque no hay motivos para deshidratarse llorando.
En cambio sí hay motivos para hacerle honor a mi nombre y a la mujer que lo inspiró.
Comeré cebollas el resto de mi vida, si es necesario, pero oliendo a cebollas llegaré a donde me proponga.

Todavía me quedan dos planes, y dos facturas, porque mientras escribo esto, ya comí una. Y la estoy digiriendo, como quien digiere un plan que se rompe, y se nutre de ello.               

12.9.17

Debo ser un pez

Últimamente siento que el mundo está muy falto de amor.

Hoy me pareció encontrarlo caminando por la costanera. El sol me daba de lleno en el cuerpo. Tuve que hacer varias paradas para sacarme algo de ropa. El cartel que ofrece diez megas por cien pesos por mes me pareció lindo, la intermitencia de luz y sombra dándome en la cara mientras avanzaba me pareció tan agradable. Las palomas comiendo migas de pan de sanguchito de bondiola, el brillo del río encandilándome.
Sentí que el amor era eso: los pescadores al sol en la costanera, que me sonreían y me saludaban al pasar por delante suyo.
Me quedé un rato mirando lo que hacían.
Pero qué locura que estos señores encuentren la felicidad donde se cruzan dos vidas y una de ellas termina, ellos son felices ahí, pensé.

Tal vez el amor es eso en realidad, la lucha entre la vida y la muerte, inevitable, para uno de los dos involucrados, siempre para el más débil.
El amor no es para los peces.
Debo ser un pez, o tengo que aprender a pescar.


9.9.17

SANTIAGO

Santiago ya no es sólo un nombre, ni un hombre.
Santiago es todo lo que perdemos cada día porque dejamos ir.
Santiago es agua, el agua de los ríos que convergen en el mar.
Todos los Santiagos, hoy, convergen en él.
Se nos escapa Santiago, como se nos escapó Jorge Julio, Luciano, José Luis, 30.000 y tantos más que se nos escapan todo el tiempo, que ya ni sabemos cuántos son. Porque el agua no se puede contar y Santiago tampoco.
Los desaparecen, y nos desaparecen a los que seguimos acá. Porque con cada Santiago que desaparece, se nos seca más el alma, se nos hace pedacitos que se vuelan, y se achica, se desgasta.
El poder siempre es dolor. Y en la búsqueda de que duela un poco menos, ellos elegían escapar. Elegían. Ya no.
Santiago nunca más va a ser sólo un nombre.

Santiago nunca más.

6.9.17

El caño donde convergen todos los caños de la columna de los G

Se rompió un caño de agua en mi casa. Vivo en un décimo piso, departamento ge de gato y, mal que me pese, los caños del agua de la columna de los departamentos ge, convergen en el mío, el décimo ge.
Los plomeros trabajaron varios días. Primero sacaron el inodoro, después el bidet, después me pidieron que me fuera por unos días de mi casa para que pudieran hacer su trabajo más rápido.
Cuando volví, el inodoro y el bidet estaban en su lugar original, pero había quedado un agujero en la pared. Lo rellenaron de escombros pero no lo revocaron. El gato encontró en esos escombros un divertimento genial. Con la patita derecha sacaba uno por uno los cascotes que los plomeros habían guardado ahí y los abandonada al lado del agujero de la pared, dejando el caño en el que convergen todos los caños, al descubierto. Ahí se terminaba el juego para él.
Fue inútil que todas las mañanas, antes de entrar al baño, yo volviera a poner los cascotes en su lugar. El gato se empeñaba en sacarlos todos durante la noche, y el caño otra vez al aire.

Una noche me soñé chiquitita adentro de ese agujero, tratando de contener los escombros que ni con mi tamaño original y mis manos proporcionales a mi metro sesenta podía. En el sueño me quedaba en ese agujero que se había convertido en un túnel que no llegaba a ningún lugar.

En el paso del sueño a la vigilia, justo antes de levantarme mecánicamente de  la cama a juntar y guardar los escombros en el agujero, como todos los días, decidí que tal vez era mejor que ese caño, donde convergen todos los caños de la columna de los ge, quedara al descubierto.

Junté los cascotes en una bolsa y los llevé al contenedor de la calle.
Allí finalmente fueron escombros.

2.8.17

El beneficio del duelo

Hace dos días que mis tareas cotidianas se ven interferidas por un pensamiento recurrente que se presenta en forma de frase: ''qué cobarde me resulta la gente que elige olvidar''. 
La repetí en varias ocasiones, como quien tararea una canción pegadiza e insoportable, como todas las canciones pegadizas. Hasta que quedó, se ve que latente, en algún estante de mi mente.

Vivo de duelo, fue lo primero que pensé al darme cuenta que me sentía mal por haber terminado de trabajar.
Hoy fue, es, mi primer día libre luego de cinco semanas y, como siempre, el tiempo libre es un vacío para mí. Empiezan a asaltarme todo tipo de pensamientos introspectivos y, cuando menos quiero acordar, estoy en un bar escribiendo.

Vivo de duelo, pensé en Plaza de Mayo. Y luego, como en una sesión de autopsicología, me pregunté qué es el duelo. Debe ser el anhelo de algo que no está. Y el anhelo entraña recuerdo. 
Pero, y si eso que anhelo, vuelve, ¿Será que me conformo?.
No, Jose, no te conformás. Con nada. Nunca.

Es cierto, me digo, en el recuerdo todo es mejor. Si vivo de duelo es porque algún beneficio encuentro en eso, me digo, evocando a mi psicólogo que siempre recalca que uno elige hacerse mierda porque alguito ALGUITO de satisfacción encuentra en ese lugar.
Si vivo de duelo debe ser porque encuentro algún beneficio, me repito, como si la respuesta no estuviera ahí y tuviera que seguir buscando para enterarme.
Pero la respuesta me viene como un vómito, y camino buscando un bar, como quien corre buscando un baño donde depositar lo que comió hace un rato.

Pero no puede ser cualquier bar, y aquí es cuando empieza a responderse sola la cuestión del beneficio del duelo. Tiene que ser uno en el que me den ganas de entrar, cuanto más viejo mejor, y que no haya mucha gente. En lo posible con wifi.

Voy pasando el Obelisco y me duelen los pies por estos borcegos nuevos de mierda, que me costaron un huevo, y que por el sólo hecho del precio exorbitante y prometedor de eternidad, no me resigno a dejar olvidados adentro de una caja. 
Perseverante lindando con caprichosa, sigo caminando, buscando MI bar, e imaginando la sangre que me corre por los talones a causa de la fricción talón-cuero durante diez cuadras. Pensando en paralelo qué mierda que soy con mí misma, que siempre pongo la hostilidad antes que el pijamas y una película en Netflix. Y también pensando que si sigo caminando el microcentro en esa nebulosa, soy el blanco perfecto para que los cacos se apropien de la computadora y la guita que tengo en la mochila. 
Vuelvo a mi mundo.

Prefiero lo viejo siempre, lo que tiene historia. La gente, la ropa, los lugares, lo que se puede descubrir. Lo que tiene capas de polvo, de telaraña y de historias.
Cómo se sufre, la puta, anhelando siempre lo que ya pasó. Pero qué bello puede ser todo en el recuerdo. Uno lo acomoda como quiere, y puede volver, al menos, grato el momento más horrendo de la vida. Qué manipuladora soy, pienso. Qué mundo paralelo me he creado, y qué lindo se está acá. Iba a decir ‘’acá adentro’’, pero lo siento más como si fuera ‘’acá afuera’’.

Cómo me gusta escarbar. En serio. Siempre escarbo todo: las etiquetas de las botellas, mi piel, la gente.
Siempre me gustó descubrir lo de adentro, lo que no se ve, lo que entraña pasado, el resultado de la historia. Será por eso que las mejores tardes de mi infancia las pasé haciendo pozos con una palita de jardín en el patio de la casa de mis abuelos, desenterrando venecitas de colores, jugando a que eran piedras preciosas; será por algo de esto, también que no me decidía entre el cine y la genética, será por eso que a los 13 años, cuando ya me había escarbado toda la piel y llenado la almohada de sangre, decidí rasquetear un poco más fuerte y averiguar quién era mi padre. 
Necesito saber SIEMPRE qué hay detrás, y cuando lo descubro, se termina la película. He aquí el duelo. Un descubrimiento que llega a su fin. 
Las venecitas, las películas, el mapa genético, la carne viva.

Será por todo esto, también, que me resulta insoportablemente cobarde la gente que intenta olvidar, que no tiene fotos o, peor aún, que las tira, las quema, las elimina.

El olvido es negación y, además de molestarme mucho que me digan que no, me molesta mucho la gente negadora. Como si pudiera uno elegir qué cosas olvidarse, como si se pudiera tener control sobre la memoria.
Cuando menos uno quiere acordar, lo que está pasándole ahora, se ha convertido en recuerdo. PARA SIEMPRE. Una foto es un souvenir al lado del recuerdo real, que, a veces, ni siquiera es una imagen en concreto.

Me viene a la mente eso que decía Fellini de que ‘’el cine soy yo’’. Y claro, un tipo que escribía sobre recuerdos, con un modo de escritura que es un recuerdo en sí mismo, no puede decir otra cosa. Jamás veía los campiones ni iba al cine a ver películas propias ni de terceros. Y CLARO, el tipo era cineasta, pero principalmente era un recordador. Y lo primero que sabe un recordador nato, es que los recuerdos son intransferibles.

Finalmente encuentro mi bar. Me pido una cerveza y me pongo a escribir.

En realidad me pedí un exprimido de naranja, y lo que escribí, no se parece ni un poquito a lo que pensé en el periplo Plaza de Mayo-este bar.

VOLVERÉ.


31.7.17

Los astronautas

Mi papá y yo somos astronautas. Desde que tengo memoria, tenemos misiones en distintos planetas. Él siempre en el mismo, yo siempre en distintos. Nos acostumbramos a estar en el espacio.
A lo que no podemos acostumbrarnos es al reencuentro después de cada misión. Reencontrarnos siempre conlleva un reconocimiento para el cual tenemos que escarbar uno en las arrugas, cada vez más profundas, del otro hasta encontrar lo que nos une.
Así somos los astronautas.

22.6.17

Morirse en invierno no es en vano

Me desperté habiendo soñado con El campo.
El campo para mí siempre fue otro lugar que donde yo vivía. Crecí en el campo, pero El campo era a donde iba los fines de semana a jugar con Ceci, a tomar vascolet, a juntar huevos de las ponedoras, a nadar en el tanque de agua hasta que los dedos de los pies nos sangraban.
Soñé con El campo, pero más que nada con la casa. Con el olor de la casa. Era tan claro.
Soñé con la casa, pero con mis lugares preferidos de la casa: el altillo y el baño de Silvia y José. En mi sueño toda la casa era el altillo. Toda la casa estaba enquilombada como el altillo: desde una cama cuyo cubrecamas era una bolsa de dormir, cajas, paquetes de arroz, libros, muchos libros. El olor a Parliament.
En esa casa yo buscaba el baño de Silvia y José pero no lo encontraba. Abría puertas pero sólo había más cajas y más libros. Deseaba verlo azul e iluminado con la luz de la mañana. Lo que más me gustaba de ese baño era la luz que entraba por el ventiluz. Eso y que tenía bañadera. Me gustaba cuando me dejaban bañarme ahí.
En el sueño la casa estaba vacía, porque José ya no estaba y porque Silvia, que en el sueño seguía viviendo ahí, había tenido que salir a hacer trámites.
En la casa estábamos mi mamá, dos amigas (o tal vez mis primas) y yo. Pero también estaba José. Yo sabía que estaba.
Mi mamá buscaba una nota que estaba segura que él le había dejado antes de morirse. Y yo me maravillaba al ver la cantidad de paquetes de arroz que había en la casa.

Me desperté extrañando El campo. Mi infancia, el vascolet, jugar con Ceci, el baño con bañadera, los azulejos azul oscuro. El olor del campo y los Parliament.

Miré la fecha en la computadora y me dí cuenta que dentro de dos días se cumple un año del día en que José decidió morirse y yo escribí cosas muy parecidas a ésta y decidí borrarlas. Evidentemente no se puede borrar más que la tinta.
En aquel momento se reiteraba en mi cabeza una conversación que tuve con José cuando yo tenía ocho años:
En El campo finalmente habían prescindido de la salamandra como único artefacto de calefacción, y habían hecho un hogar a leña. Yo estaba sentada en el escalón de tronco que dividía la cocina del living, exactamente al lado del hogar, mirando el fuego. José se acercó, se quedó parado al lado mío y nos quedamos los dos mirando el fuego en silencio. Al rato me dijo ''¿viste que hace formas?, por eso me encanta mirarlo''.
Esa fue la primera vez que un adulto me habló de igual a igual. Me sentí importante.

Años después, tanto las formas del fuego como las de nuestras vidas se fueron desdibujando y tomando otras, y todo lo que había en El campo se dispersó.
Hace casi un año, sin hogar a leña y lejos del campo, José decidió morirse.
Hoy, cuando me desperté me dí cuenta que para alguien que ama el fuego y está lejos de él, morirse en invierno no es en vano.

140 caracteres, 10 segundos, 24 horas

YO HACE UN TIEMPO:
Hace unos años se viene alimentando en mí un miedo a la vorágine de la vida cotidiana. Un miedo a que todo sea tan veloz que no lo veamos, siquiera, pasar. Por eso quiero dejar escrito, para la posteridad, para poder acordarme, para que mis hijos y nietos sepan, que hubo un momento en que el amor existió, y la gente se comportaba de otra manera.
Cómo soy enamorada:
Me duele el cuerpo, me pesa. Los hombros, las clavículas, las axilas, me pesan.
No tengo hambre
Ni sueño.
Todo es hermoso, incluso el olor del palo santo que siempre odié.
El amor me pesa. Me hace una persona lenta y densa como el caramelo.
A mí, que soy tan racional, esto me vuelve loca. Descubro en el amor un abismo, y me lanzo. Cada vez dudo más, pero me lanzo igual.

YO HOY:
En la época de los 140 caracteres, las storys de 10 segundos y 24 horas, cuánto puede durar el amor? Cómo se mide el amor en la época en que todo tiene una medida de peso, de volumen y un precio?
Es amor o es la sorpresa de que alguien me trate bien sin esperar nada a cambio?
En algún momento va a dejar de abrirse un vacío en el pecho cuando veo a la gente irse? Me puedo acostumbrar a eso?
Tan rara soy, que aún hoy, en la época de los 140 caracteres, los 10 segundos y las 24 horas, sigo buscando que algo sea para siempre?

10.6.17

El germen

Deleuze habla sobre la imagen-recuerdo, la imagen-cristal y el germen que está siempre en estas imágenes, que nos remite a algo conocido, a un pasado que, por ser remitido, se vuelve presente. Entonces en el presente se encuentra el germen del pasado y, claro, el del futuro.
No sé qué fue que operó en mí. Habrá sido algo que vi, escuché, olí, que sentí la necesidad de estar en el Banco Provincia de mi pueblo, sintiendo el olor del lugar, pero no el olor de ahora sino el olor que había cuando era chiquita, y no sabía nada del dinero. Me gustaba ir al banco porque había sillones de cuero, y me gustaba acompañaba a mi abuela a hacer ''los mandados''.
Cuando salíamos de ahí comprábamos pan en la panadería, siempre caliente, con la cáscara dura, lleno de miga adentro.
Como premio por portarme bien, mi abuela me compraba unos conitos de chocolate amargo envueltos en papel rosa metalizado. Lo que más me gustaba de esos conitos era el papel: Lo sacaba con cuidado para no romperlo y, mientras me comía el conito como si fuera un trámite (porque sinceramente, el chocolate amargo no me gustaba tanto, pero los conitos de chocolate con leche venían con papel plateado y a mí me gustaba el rosa), lo estiraba.
Era una tira irregular, nunca era una figura geométrica perfecta. Eso me molestaba un poco, así que le doblaba las puntas hasta que quedaba un rectángulo o un cuadrado. Quería, siempre, que el rosa metalizado pudiera seguir existiendo más allá de ese papel. Yo quería SER rosa metalizado.
Pero después de un rato de plancharlo con los dedos llenos de chocolate y babas, el papel se terminaba rompiendo, entonces lo hacía bolita. Me imaginaba que era una piedra preciosa, lo abollaba hasta que el rosa metalizado se empezaba a ir, y comenzaba a verse el blanco del papel.

Pero lo que más me gustaba, porque sucedía todos los días aunque yo estuviera en el jardín, era que alrededor de las diez de la mañana, gracias a que mi abuela plumereaba y pasaba Blem, por la ventana del comedor, entraban dos rayos de luz que se proyectaban en el polvillo que volaba en el aire. En ese momento yo era un super héroe, y esos rayos eran mi visión de rayos x. Podía ver a través de la gente y de las cosas.
Después soplaba los rayos para ver cómo se movían las partículas que estaban en el aire, deseando que en algún momento el aire se limpiara y no hubiera más partículas.
Tengo el recuerdo de haberlo logrado una sola vez, aunque sé que es imposible.
Después iba hasta la bolsa del pan y me comía la miga de algún felipe. Todo esto sucedía cuando me dejaban faltar al jardín.